Los inicios del movimiento obrero francés


La burguesía francesa no podía tolerar la existencia de organizaciones obreras porque consideraba que atentaban contra la libertad de empresa y de contrato, ya que podían presionar para establecer mejores salarios, además de otras reivindicaciones laborales colectivas. La asociación de obreros estuvo considerada como un complot. En Francia fue famosa, en este sentido, la Ley Le Chapelier, promulgada el 14 de junio de 1791, en plena Revolución, por la que se establecía la libertad de empresa en Francia, aboliendo los gremios existentes. Se trató del triunfo del liberalismo económico y del individualismo, y no sólo por la abolición de uno de los pilares del sistema productivo del Antiguo Régimen, sino, porque prohibía que los empresarios, comerciantes, obreros o artesanos pudieran asociarse y establecer normas comunes. Este aspecto es importante porque se aplicaría contra los intentos de asociación de los trabajadores a partir de entonces. Esta prohibición fue recogida, además, en el Código Penal francés. La ley no fue derogada hasta el año 1864.

Las organizaciones obreras tuvieron que desarrollarse de forma clandestina por esta ley. En la época de la Restauración la represión fue generalizada hacia todo movimiento de protesta, incluido el de contenido social, especialmente a partir de 1820 cuando fue asesinado el duque de Berry. La subida al trono de Carlos X significó un recrudecimiento de la represión. En julio de 1830 se aprobaron las conocidas como las ordenanzas totalitarias que provocaron el desencadenamiento de la Revolución que terminó con los Borbones y estableció un sistema político liberal con la Monarquía Constitucional de Luis Felipe de Orleáns. La Revolución fue fruto de la conjunción de la burguesía de las clases medias y del pueblo, especialmente en París pero, sin lugar a dudas, fue la alta burguesía la gran beneficiaria del cambio político, que ocupó los resortes del poder y diseñó un régimen político a su medida, sustentado en el sufragio censitario. Muy pronto la pequeña burguesía de tendencia republicana y las clases populares manifestaron su decepción.

El régimen de Luis Felipe coincidió con una época de expansión económica y Francia entró claramente en la senda de la Revolución Industrial. Este hecho tuvo una evidente consecuencia social: el incremento de la clase obrera. El poder aprobó una legislación muy restrictiva hacia los obreros, que decidieron ponerse en marcha en alianza con la burguesía republicana. En fecha tan temprana como 1831 y en 1834 se produjeron revueltas entre los trabajadores de la seda en Lyon. Los obreros de París se levantaron en 1832 y 1835. El gobierno reprimió estos conflictos con especial contundencia aunque no consiguió quebrar este incipiente y activo movimiento obrero de artesanos que se estaban proletarizando.

En 1835, las medidas represivas se agudizaron tras el atentado que sufrió el rey, y que afectaron al derecho de la libertad de expresión y al asociacionismo. Pero eso hizo que proliferaran las sociedades secretas, como la Société des Amis du Peuple, Sociéte des Saisons, etc.. El objetivo de estas sociedades era la conquista del poder mediante las conspiraciones de pequeños grupos. Muchas de estas sociedades tenían relaciones con los exiliados alemanes de la Liga de los Justos.

En 1839 se produjo una insurrección en la capital francesa protagonizada por Auguste Blanqui, ocupándose el Ayuntamiento, pero muy pronto fue aplastada y reprimida con la tradicional violencia. Blanqui es un personaje fundamental en la historia de la izquierda porque protagonizó diversas acciones, siendo casi un prototipo de revolucionario. Pero, además, es importante por su teoría sobre la creación de grupos que conspiraran y prepararan la revolución, guiando a los obreros, y que luego tanto Marx, como sobre todo Lenin desarrollarían. Blanqui, por lo demás, habló mucho de comunismo y de una especie de dictadura de proletariado. Por fin, los seguidores de Blanqui tendrían un evidente protagonismo en la Historia posterior del movimiento obrero francés.

En 1840 se produjo una huelga general. A partir de entonces comenzó a desarrollarse una cierta legislación laboral que intentó limitar el trabajo infantil y la dureza de su jornada laboral. A partir de 1845 las tensiones sociales se incrementaron como resultado de la crisis agrícola, financiera e industrial, y que junto con la crisis política, condujo a la Revolución de 1848.