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EL SOCIALISTA

Una herramienta para comunicar el Socialismo

Primeras herramientas para comunicar el Socialismo:

Tras la fundación de partido y sindicato, y a fin de posibilitar la ingente labor que los primeros socialistas tenían por delante, les fue fundamental el empleo de una doble herramienta: la prensa obrera y las Casas del Pueblo. Constituían éstas unos locales en los que, además de albergar las sedes de las organizaciones obreras, se llevaba a cabo una importante tarea cultural, formativa, recreativa y asistencial. En cuanto a la prensa, y aunque las primeras publicaciones obreras fueran de cortas tiradas, cumplirían un doble cometido en su fin propagandístico y difusor del ideario, pues no sólo las recibirían los militantes, sino que les serían leídas en grupo a muchos obreros y campesinos que no sabían leer ni escribir, sirviendo así sus páginas de socorrido medio para que éstos cumplieran tan básico aprendizaje.

LAS CASAS DEL PUEBLO

Siguiendo el modelo impuesto por los partidos socialistas de otros países europeos, así como el resto de los progresistas españoles – republicanos y anarquistas –, también el socialismo hispano dedicó parte de sus primeros esfuerzos en erigir modestos locales que dieron en denominarse “Casas del Pueblo”. Bien fueran reducidos pisos en edificios de vecinos o casas construidas ex profeso, siempre como modestas instituciones locales, escenarios de sociabilidad obrera y sucesoras de los antiguos Centros Obreros o Centros de Sociedades Obreras. Serían abiertos ya por los trabajadores socialistas con anterioridad a los lanzamientos de las propias organizaciones del partido y sindicato, y como consecuencia a su vez de la expansión del socialismo en España. Las Casas del Pueblo tendrían en la de Madrid su máxima expresión, tras su notable inauguración en noviembre de 1908.

El primero de estos Centros Obreros conocido fue el de Madrid, ubicado en un pequeño despacho que la sociedad tipográfica obrera “Asociación del Arte de Imprimir” abrió en 1874 en un piso interior de la calle del Salitre. En 1882, el número de sociedades obreras que se les habían unido, así como el incremento del de socios, les obligó a trasladarse a la de Amor de Dios; para en 1886 hacerlo a la de Jardines, 32, por igual motivo, viéndose obligados a repetir el traslado a los pocos meses al número 20 de la misma calle, por ser ya quince las sociedades obreras y más de 2.500 los afiliados. La necesidad de ampliar continuamente sus locales es un buen indicativo del crecimiento de la organización socialista, pues en 1899 hubieron de trasladarse de nuevo, esta vez al número 14 de la calle de la Bolsa, siendo ya 19 las sociedades y más de 5.000 los cotizantes. Un año más tarde – 1900 – se trasladarían a la calle Relatores, 24, al ser ya 41 las sociedades y 14.000 los afiliados. En Cataluña se fueron abriendo también Centros Obreros en las distintas localidades industriales de Barcelona (1879), Vic (1887), Manlleu (1889) o Mataró (1886). De igual modo y por los mismos años, lo fueron también los vascos de Bilbao (1886), Ortuella (1887), La Arboleda (1888), Sestao (1888), Gallarta (1891) o Erandio (1896). Así como los de Valencia (1881) y Oviedo (1891), siguiendo una expansión paralela a la de la propia doctrina socialista por todo el territorio nacional. Sabido es que, desde la fundación del partido obrero, tres fueron los más importantes núcleos de su expansión: el que sería su cuna, a la vez que capital del Estado y centro del poder político: Madrid, al que pronto seguirían el País Vasco y Asturias.

En cuanto a las Casas del Pueblo socialistas propiamente dichas, comenzaron a aparecer al tiempo que el siglo XX, siendo dos las que compiten por el título de las más antiguas: Montijo (Badajoz), fundada en 1900, y Alcira (Valencia), que lo fue en 1901, a pesar de que la primera entidad que en España recibió la denominación de “Casa del Pueblo” fue la promovida en Madrid. Fueron las ya citadas circunstancias capitalinas, a las que pronto vendrían a unirse el marcado carácter centralista que el indiscutible líder de la organización, Pablo Iglesias, quiso transmitir a ésta, lo que motivó que se echara el resto a la hora de pensar en una adecuada Casa del Pueblo para Madrid, que diera el relevo a la de la calle de la Bolsa. En septiembre de 1897, representantes de doce entidades obreras se reunieron con Iglesias y García Quejido para debatir sobre la conveniencia de la creación de una nueva asociación que se llamaría “Aglomeración Cooperativa Madrileña Casa del Pueblo”. Se pensaba en un nuevo modelo de cooperativa obrera que, a imitación de las belgas y con previsible implantación en toda España, facilitara el crecimiento del número de militantes y la vitalidad de la acción socialista. En sus estatutos se incluían como objetivos: “proporcionar a los socios auxilios benéficos, instrucción y cuanto contribuya a elevar su nivel intelectual y moral o a mejorar su condición material.”

La Aglomeración ofrecería productos alimenticios, combustibles e iluminación, además de cantina, comedor económico, vestuario y mobiliario. Al mismo tiempo que incluía la asistencia de un dispensario médico quirúrgico, servicio médico a domicilio y farmacia. Sin olvidar el asesoramiento en cuestiones legales, biblioteca, escuelas para niños y adultos, programas de charlas, conferencias y publicaciones. Era mucho más que una simple cooperativa de consumo, pues se pretendía hacer de la institución una moderna central de asistencia al obrero, cuyo capital social estaría formado por la emisión de 200 obligaciones colectivas de 100 pesetas para las sociedades obreras, y un número ilimitado de acciones individuales de 25 pesetas. Su máximo órgano rector sería el Consejo de Administración, responsabilizándose de la gestión administrativa, contabilidad y tesorería un gerente elegido por aquél. El éxito obtenido por la Aglomeración durante el año 1899 permitió acordar el abono de 5 pesetas por cada obligación suscrita, al tiempo que se decidió el traslado a un local más amplio en la calle de Relatores. Sin embargo, la mayor superficie dedicada no aparejó un incremento del acierto gerencial, sino más bien al contrario, desapareciendo la entidad en marzo de 1907.

Ya desde un año antes, y a instancia de la sociedad de albañiles “El Trabajo”, imperaba la idea de que el Centro de Sociedades Obreras madrileño estuviese ubicado en un local mucho más amplio y de su propiedad. Tras barajar diversas posibilidades, se decidió la compra del palacio de los duques de Béjar, sito en el número 2 de la calle de Piamonte, por la suma de 315.000 pesetas. A esta importante cantidad hubo que añadir otras 70.000 pesetas para su adecentamiento, 100.000 para la adquisición del necesario mobiliario e infraestructura, y otras 125.000 para construir en su jardín trasero un gran salón de actos multitudinarios. Las distintas sociedades obreras madrileñas contribuyeron al pago, de acuerdo con sus posibilidades económicas, de cuyo detalle facilitaba rigurosos datos “El Socialista”. Las 110 entidades domiciliadas y los 28.000 asociados merecían el importante esfuerzo realizado, pues el simbolismo que ofrecía la adquisición por parte de aquellas de un palacio hasta entonces perteneciente a una de las familias más destacadas de la nobleza del “antiguo régimen”, era para éstos impagable.

A pesar del general deseo de inaugurar el rehabilitado edificio como el acto estelar de los conmemorativos del 1º de mayo de 1908, los problemas derivados del avance de las obras dificultaron tal coincidencia, debiendo de posponerse para los días 28, 29 y 30 de noviembre. Aunque el magnífico programa de actos organizados para celebrar el evento dejó palpable muestra del sumo interés que las organizaciones obreras ponían en ello. Participaron de manera activa no solamente todos los líderes representantes de las sociedades adheridas a la nueva entidad, sino numerosos de las organizaciones socialistas de toda España y el extranjero, que fueron invitados expresamente. Ni que decir tiene que una verdadera multitud de trabajadores, como los testimonios gráficos demuestran, acompañaron a todos y cada uno de los actos programados, hasta donde la capacidad de los locales lo permitió, en caso de ser cerrados. Pero, tras los discursos formales del día anterior, el 29 se celebró una popular y concurridísima manifestación en la que se trasladaron solemnemente las banderas y estandartes de las organizaciones obreras desde el antiguo local de la calle Relatores hasta la nueva sede de la de Piamonte. Por la tarde los obreros pudieron visitar las nuevas dependencias de la que sería ya “su casa”, para despedir al día siguiente el intenso programa de actos con un masivo mitin nocturno en el Frontón Central – puesto que aún carecía el edificio de un gran salón de actos –, siendo entonada La Internacional por parte del Orfeón Socialista, que acompañada por el numeroso público asistente.

Aquel edificio recién estrenado fue un verdadero orgullo de los obreros españoles – no sólo de los madrileños – durante unos años. Pocos, realmente, pues ya de entrada se comprobó que su insuficiente capacidad obligaba a que determinadas secretarías y sus servicios tuvieran que ser ofrecidos en locales alquilados de las proximidades de la calle de Piamonte. La carencia de un amplio salón de actos, a imagen de los modernos cinematógrafos, era un claro ejemplo. Pero lo que no se puede obviar es que una gran parte de la historia del socialismo español, que es tanto como decir de la del propio país, está directamente ligada con la de la Casa del Pueblo madrileña, pues en sus despachos se tomaron trascendentales decisiones y estrategias que condicionaron muchos episodios vitales para el acontecer nacional. A pesar de que pronto sufrió las consecuencias de las interesadas e injustas decisiones gubernamentales, que ordenaron su clausura en numerosas ocasiones, como ocurriría a los pocos meses de ser inaugurada, cuando en el verano de 1909 partido y sindicato acordaron secundar la huelga general prevista para el 2 de agosto. O en 1934, como consecuencia de la sangrienta represia de la revolución de octubre.

Las Casas del Pueblo fueron locales sociales de concienciación doctrinal y sede de las secretarías de las organizaciones obreras, tanto políticas como sindicales; escenarios de reuniones, mítines, Congresos y jornadas formativas; dispuestos de idóneos ambientes dedicados a bibliotecas, salas de lectura, teatros, asociaciones artísticas y entidades deportivas; espacio sustitutivo de la popular taberna; despachos de abogados expertos en cuestiones laborales y de orientación política; sociedades de socorros y mutualidades, cooperativas de consumo y producción. Constituyeron, en definitiva, una nueva forma de ser y actuar de los seguidores del socialismo europeo, que se prolongaría hasta la toma de los pueblos y ciudades españolas por parte del ejército sublevado contra la República, que acabó con ellas. La de Madrid, por ejemplo, fue ocupada por fuerzas militares para instalar en sus despachos y oficinas los Juzgados de la Primera y Segunda Inspección, dependientes de la Capitanía General de la Primera Región militar. Tras sucesivas demoliciones, en 1953 se llevó a cabo el derribo definitivo del edificio.

“EL SOCIALISTA”

Fue a partir de la huelga madrileña de tipógrafos (1882) cuando se decidió la creación de un periódico de la organización socialista, ideando para ello la emisión de acciones por importe de una peseta, según el modelo seguido por los internacionalistas con el semanario “La Emancipación”, medio de expresión del grupo de trabajadores de la Nueva Federación Madrileña, núcleo marxista español de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT). A pesar del entusiasmo que les acompañó, el 31 de diciembre de 1884 se habían repartido 1.380 acciones, ingresando tan sólo 960 pesetas, de las que había que descontar los gastos ya ocasionados.

La crisis política tras la muerte de Alfonso XII, en noviembre de 1885, animó a retomar el proyecto iniciado tres años y medio atrás. Los afiliados poseedores de alguna acción celebraron junta a finales de enero de 1886 para decidir el lanzamiento, ideario y composición de los consejos de administración y redacción. De las cuatro bases planteadas, tres no supusieron problema alguno para su aprobación, pues era el propio programa del partido, ampliado con el informe presentado a la Comisión de Reformas Sociales. El contenido de la cuarta provocó, sin embargo, una encendida diatriba: “Combatir a todos los partidos burgueses y especialmente las doctrinas de los avanzados, si bien haciendo constar que entre las formas de gobierno republicana y monárquica, “El Socialista” prefiere siempre la primera.” El joven doctor Jaime Vera, que apoyaba un mayor acercamiento a los republicanos, defendió con infructuoso ardor su tesis frente a la vencedora encabezada por Iglesias. La aprobación del texto, tal como estaba planteado, provocó el alejamiento temporal de la organización de dos de sus fundadores – el propio Vera y Francisco Mora –, así como de un nutrido grupo de socialistas barceloneses.

Además de las cuatro bases de funcionamiento del periódico, en aquella reunión quedaron también aprobadas tanto la composición de los consejos de redacción y administración, como la determinación de la fecha de salida del periódico: el 1 de marzo siguiente. Se preparó un prospecto de lanzamiento con 4.000 ejemplares, distribuidos a mediados de febrero, y en el que Pablo Iglesias anunciaba su aparición: "El primero y principal propósito de "El Socialista" será procurar la organización de la clase trabajadora en partido político distinto y opuesto a todos los de la burguesía, desde el más retrógrado hasta el más avanzado". Tal lanzamiento hubo de acompañarse de una campaña promocional del propio Iglesias y el socialista catalán José Caparó por poblaciones de esa región, seguida de otra de aquél en solitario por diversas capitales andaluzas, así como la de Quejido por las castellanas, ya que el censo activo de la organización – difícil de determinar, por su carácter clandestino – no debía de alcanzar en aquellos primeros años ni el par de centenares de afiliados.

De regreso en Madrid, el semanario vio por fin la luz con un pequeño retraso sobre la fecha prevista – el 12 de marzo de 1886 –, gracias al empeño de todos los afiliados, fuese el que fuese su oficio. Hubo además otros que no se conformaron con participar de manera directa en la puesta en marcha de este medio de prensa obrera, sino que además lo dejaron historiado para la posteridad, como el impresor madrileño Juan José Morato: “Había un capital poco mayor de novecientas pesetas; existía un Consejo de Redacción compuesto de tipógrafos (Iglesias, Matías Gómez, Quejido, Valentín Diego Abascal y Pauly), de los que dos eran redactores nominales – los últimos – y otro se disponía a dejar Madrid en demanda de trabajo. Es decir, quedaban para escribir Iglesias y Gómez. Se redujeron los gastos a un límite inverosímil, que entonces se consideró infranqueable. Local para Administración, 15 pesetas mensuales; retribución del director (Iglesias), 30 pesetas semanales; imprenta, un tanto por tirada y pago directo de las líneas compuestas a los cajistas, realizando Iglesias la corrección, ajuste y demás operaciones; papel, lo que costase el más barato y no pagando al contado; un repartidor, 10 pesetas; franqueo… Libros, cajas, recibos, callejeros y cierre, gratis, y cuerda y engrudo poco menos. Los “técnicos” aquilataron hasta el céntimo, y la buena voluntad de tipógrafos, impresores, encuadernadores, albañiles, guarnicioneros, barberos y hasta vendedores de petróleo hizo lo demás.”

La cabecera del semanario indicaba que aparecería los viernes, fijando su redacción y administración en la calle Hernán Cortés, 8, piso principal. Era el domicilio de un compañero de la sociedad “El Arte del Hierro”, Ruperto Sánchez, donde vivía con su esposa y sobrina, y en el que Pablo Iglesias consideró que, por sus obligaciones al frente del semanario, debería de instalarse también como huésped. Iglesias compatibilizaría así habitación con la redacción de “El Socialista” durante nueve años, hasta los primeros meses de 1896, en que inició su convivencia con Amparo Meliá en un cuarto interior de la calle Bailén 15, junto a los jardines de la Plaza de Oriente. La publicación, de 43 x 31 cm, constaba de cuatro páginas impresas a tres columnas, imprimiéndose en la imprenta madrileña de Regino Velasco, calle del Rubio, 20. El precio del ejemplar era de 5 cts. No obstante, y a pesar de los mínimos gastos, en agosto se había agotado el capital inicial y contraído deudas, por lo que hubo que disminuir más aún aquellos. El molde sería compuesto gratuitamente por cajistas voluntarios, abriéndose una suscripción permanente para sufragarlos. Se redujo a 15 pesetas el salario semanal del director, recaudándose también por suscripción el resto hasta completar las 30 pesetas asignadas, lo que le permitiría vivir y entregarse por entero a la causa obrera. En la práctica, tuvo que llevar también la administración del periódico, ajustar las páginas en la imprenta – hasta poco antes de que se convirtiese en diario, 27 años más tarde, iría todos los miércoles a realizar este cometido –, corregir las pruebas y ayudar a componerlo. Hipólito Pauly, Antonio Atienza, Francisco Diego, Juan José Morato, Baldomero Huetos y algún otro compañero, escribirían y compondrían en esta primera época.

“El mismo individuo que escribía una artículo ayudaba a componer “El Socialista” desde la primera línea a la última, y luego llenaba fajas y las pegaba, y si venía el caso metía las costillas debajo de los paquetes y los trasladaba a Correos; la misma mano redactaba una soflama, la repartía por las calles y en cafés y tabernas; el mismo orador que pronunciaba un discurso distribuían candidaturas en las puertas de los comicios.” Pero, a pesar de las enormes dificultades, semejantes a las que fue encontrando la organización obrera para su expansión, el semanario iría consolidando lentamente su difusión, a lo que contribuyeron en gran medida las crónicas y los apoyos económicos que mandaba desde París el interlocutor del partido obrero ante el socialismo internacional, José Mesa Leompart. De hecho, el semanario y la organización obrera, en su doble vertiente política y sindical, se retroalimentaban mutuamente, pues al tiempo que aquel difundía la ideología del partido, fomentaba la constitución de nuevos grupos en diversos puntos del país.

Pero, iniciemos un breve resumen de la andadura de la peripecia periodística resumida cronológicamente: En octubre de 1887, el periódico publicó un artículo del gran escritor Felipe Trigo, titulado “La prostituta”, que ocasionó la primera denuncia sufrida. Lo sería reiteradamente, tanto por las autoridades civiles como las militares, a pesar de que en muchos de los casos las denuncias no ocasionaran procedimiento judicial alguno, sino la pretensión de arruinar económicamente la publicación y evitar su difusión. El 2º Congreso del partido, celebrado en Bilbao en agosto de 1890, aprobó que el semanario pasara a ser propiedad de aquél, pues los dueños legales seguían siendo los de las acciones emitidas. Se acordó su sostenimiento mediante el abono de 10 cts. mensuales por parte de cada afiliado con trabajo, debiendo aprobarse la gestión de los consejos de redacción y administración en cada Congreso. El 1º de mayo de 1892 se inició la edición del correspondiente número extraordinario, con artículos originales de conocidos autores españoles y escritos de personalidades del socialismo internacional. En septiembre de 1897, abrió la campaña contra las guerras de Cuba y Filipinas, publicando el artículo de fondo “Asesinos”, que finalizaba con la famosa consigna “¡O todos o ninguno!”.

El 5º Congreso del PSOE, celebrado en Madrid en septiembre de 1899, aprobó la emisión de 100.000 acciones de 1 peseta, con objeto de ser publicado diariamente. Una vez colocada la mitad, se decidió montar una imprenta e iniciar la publicación diaria y vespertina. Además, el periódico insertaría anuncios de pago. Pero el proyecto fracasó. En el año 1901 se producirán sucesivos cambios de imprenta, hasta que en julio comenzó a imprimirse en la de Inocente Calleja – amigo y protector de Iglesias desde la Primera Internacional y uno de los fundadores del PSOE –, en la calle de Pizarro, 16, que al año siguiente se trasladaría a la de Mendizábal, 6. A partir de ahí, el periódico será testigo y noticiero de cuantos hechos de importancia vayan a acontecer tanto en el socialismo como en el país, pues no en balde las vicisitudes históricas de ambos van a ser parejas.

El 25 de noviembre de 1904, Pablo Iglesias ingresó en la madrileña Cárcel Modelo, para cumplir la condena de un mes y 21 días de arresto mayor por injurias a la Guardia Civil en un suelto publicado, permaneciendo en prisión hasta el 24 de enero de 1905. En febrero de 1909, Juan Almela, su hijastro, publicó un primer artículo de una serie para animar a la transformación del semanario en diario. A consecuencia de la huelga general contra el embarque de tropas para África y la declaración del estado de guerra en Barcelona, con la suspensión de las garantías constitucionales en toda España, el 30 de julio de 1909 son secuestrados todos los ejemplares de “El Socialista”. Contenía un manifiesto contra la guerra de Marruecos y la política del gobierno, así como un llamamiento a los comités del partido y el sindicato para declarar la huelga general el 2 de agosto. Las noticias sobre las importantes vicisitudes por las que iría pasando la organización, a consecuencia de su participación en la Conjunción Republicano Socialista, a partir de noviembre de 1909, encontraron también en “El Socialista” un magnífico medio de difusión.

El 9º Congreso del PSOE, celebrado en Madrid en septiembre de 1912, acordó de nuevo la publicación como diario a partir del 1 de enero de 1913, así como el nombramiento del director por el Congreso, aprobando la incompatibilidad de este cargo con el de presidente del Comité Nacional, motivo por el que Iglesias quedó apartado de la dirección del semanario. El Congreso eligió a Antonio García Quejido como director, quien no llegó a tomar posesión por no aceptar el Comité Nacional, según lo acordado en el Congreso, que éste designara libremente a los miembros del Consejo de Redacción, aunque fue respaldado por las agrupaciones. En diciembre se nombró a Mariano García Cortés director de “El Socialista” por parte del Comité Nacional. Estas circunstancias retrasarían la salida hasta el 1 de abril de 1913, en que por fin se convirtió en diario de la mañana. En el mes de junio inició la campaña “¡O todos o ninguno!” contra la guerra de Marruecos, rememorando la de 1897 – 1898, siendo denunciado por la ley de Jurisdicciones.

Una vez consolidado como diario, y a pesar de las múltiples dificultades económicas y políticas con que continuó encontrándose, fue siguiendo los acontecimientos vividos tanto por la organización como por el país, empezando por la Gran Guerra europea. El periódico – que saldría en horario vespertino desde septiembre de 1914 – defendió el tradicional pacifismo socialista, combatiendo con firmeza la lucha a muerte entre obreros que ocupaban trincheras enfrentadas en provecho de los intereses del capital. El permanente desgaste que a España le suponía el mantenimiento de su propio conflicto armado en el norte de África, supuso la generalizada aceptación de su oficial neutralidad ante el europeo, cuyos países demandaban materias primas y productos manufacturados que ellos no estaban en disposición de fabricar, posibilitando así el nacimiento de importantes fortunas nacionales, mientras la vida se hacía cada vez más difícil para la clase obrera. El 21 de octubre de 1914, Mariano García Cortés dimite como director del diario, siendo nombrado el 18 de noviembre por el Comité Nacional para sustituirle el que era su redactor jefe, Eduardo Torralva Beci. El 1 de noviembre de 1915, el 10º Congreso del PSOE derogó la incompatibilidad de cargos, con lo que Iglesias reasumió la dirección de “El Socialista”.

Desde el otro extremo de Europa, comenzaban a llegar confusas noticias sobre una importante revolución que estaba sucediendo en Rusia, despertando la atención de todos los sectores de la vida nacional. La burguesía aterrada por lo que suponía un peligrosísimo ejemplo a seguir por nuestras masas obreras, mientras que las clases populares más concienciadas lo hacían expectantes por el mismo motivo. Todo ello era seguido con enorme interés por los lectores del diario socialista, así como la declaración del estado de guerra de julio de 1916 y las habituales censuras de la prensa, a consecuencia de la huelga de los ferroviarios y la situación general. Las pérdidas que ésta ocasionaba al periódico venían a unirse a la firme decisión de sus directivos de mantener su rechazo a la subvención del papel prensa. Fue necesaria una petición general de ayuda, contestada por parte del Sindicato Obrero Minero Asturiano con la concesión de un préstamo de 12.000 pesetas. El coincidente malestar del ejército con la movilización por parte de la burguesía catalana de todos los políticos progresistas del país, vinieron a unirse a las protestas de las dos ramas del movimiento obrero, culminando el proceso con la precipitada convocatoria conjunta de una huelga general revolucionaria en agosto de 1917. La consigna “Cosas veredes”, aparecida en el diario y en la prensa progresista del viernes, 10 de agosto de 1917, alertaría de la fecha exacta – el lunes 13 – designada como el estallido de la crisis de la monarquía y del sistema de la Restauración. Aunque su deficiente organización y desigual seguimiento facilitaron la extrema dureza con que fue reprimida, precisamente por las mismas fuerzas militares con las que se pensaba contar. Los firmantes del manifiesto convocante fueron inmediatamente detenidos y sometidos a un severo consejo de guerra que les condenó a reclusión perpetua, pero la enorme movilización que provocó su condena supuso una inmejorable campaña electoral que les catapultó a sus correspondientes escaños de diputados en los comicios celebrados seis meses más tarde. Todo ello fue seguido con enorme interés por los lectores de “El Socialista” desde su reaparición el 18 de octubre, de igual forma que el debate parlamentario del siguiente año sobre el movimiento, a pesar de las crecientes dificultades económicas que continuaba sufriendo.

El 1 de septiembre de 1919 se trasladó la redacción y administración del periódico de la calle del Pez, 15, a la de Carranza 20, edificio legado a la Casa del Pueblo de Madrid por Cesáreo del Cerro, y en el que también se estableció la secretaría del PSOE. Hasta el final de la guerra civil, este sería el domicilio permanente del diario. El anuncio del empréstito de un millón de pesetas que aprobó el Congreso extraordinario de junio de 1920, para crear una editorial que asegurara la vida del periódico, así como la formación de una sociedad cooperativa, pareció aliviar su crisis interna. Quizás se pensó también que iría parejo el incremento de militantes al de lectores, o el atractivo que pudo suponer la colaboración de firmas de personalidades como las de Leopoldo Alas Argüelles, Luis Araquistaín, Camilo Barcia, Manuel Cardenal, Marcelino Domingo, Lorenzo Luzuriaga, Manuel Pedroso o Enrique Martí Jara. Ni que decir tiene que la Internacional Comunista y las condiciones para su adscripción fueron temas de continuo debate. En enero de 1921, los lectores devoraban los informes del viaje que habían hecho a Moscú Daniel Anguiano y Fernando de los Ríos, publicados en el diario y que serían debatidos en el Congreso de abril. De igual modo, la pugna con el nuevo Partido Comunista y las noticias de las importantes derrotas de nuestros ejércitos en la guerra de Marruecos serían los grandes temas hasta 1922, en que se negó a publicar únicamente las noticias facilitadas por el gobierno. Pero, en febrero de 1921 se hizo necesario llamar de nuevo a la generosidad de socialistas y ugetistas, ante el riesgo de tener que cerrar la publicación al mes siguiente, reconociéndose el fracaso del empréstito anunciado. El cierto éxito del llamamiento permitió mantener la publicación, cuando ya estaba decidido su cierre, reduciendo los gastos, reorganizando los servicios y disolviendo la editorial. La redacción quedó reducida a Andrés Saborit, Cayetano Redondo, Francisco Núñez Tomás y César García Iniesta.

El golpe de Estado del general Primo de Rivera suspendió las garantías constitucionales y estableció la censura previa. No obstante, en 1924 el diario comenzó la publicación de las páginas especiales: “El Socialista en los campos”, “Páginas pedagógicas”, “Medicina, beneficencia e higiene”, “Cooperación y Mutualismo”, “Juventudes Socialistas” y “Actividad socialista en Cataluña”, redactada en Barcelona; publicaciones especiales que duraron hasta 1926. Las noticias sobre el fallecimiento y entierro de Pablo Iglesias, así como la publicación de numerosos artículos y poemas en su honor, y su repercusión en la prensa española y extranjera, fueron continuas entre el 10 y el 15 de diciembre de 1925. La comisión ejecutiva designó a Andrés Saborit director interino del diario, que sería ratificado en el pleno de delegados en julio de 1926. El enero de ese año, la junta general de la sociedad de obreros y albañiles “El Trabajo” había acordado “adquirir por suscripción pública nacional un edificio, que se denominará Fundación Pablo Iglesias, que tendrá por objetivo difundir sus ideas en salón de conferencias, biblioteca, imprenta, redacción y administración de “El Socialista”...”, así como la condonación de la deuda de 5.000 pesetas realizado en agosto de 1922. En marzo se constituyó la Cooperativa Gráfica Socialista, formalizándose una semana después la adquisición de la imprenta, sita en la calle de San Bernardo, 92. En el mes de julio de firmó el contrato de adquisición de la maquinaria necesaria para imprimir el periódico en la Gráfica, concluyendo su instalación a finales de septiembre.

El 1 de octubre de 1926 salió el primer diario confeccionado en los talleres de la Gráfica Socialista, como diario matutino y con nueva cabecera y formato. La carencia de vida parlamentaria y las nuevas posibilidades técnicas permitieron incrementar los números especiales. Además de los números dedicados a la conmemoración de los 1º de mayo, que salían todos los años, en mayo de 1929 se editó también uno en homenaje a Jaime Vera y al aniversario de la Agrupación Socialista Madrileña; y en abril de 1930, el dedicado al traslado de los restos de Pablo Iglesias a su mausoleo en el Cementerio Civil madrileño. El 21 de enero de 1931, y para instalar adecuadamente los servicios de redacción y administración, se ocupó otro piso en el edificio de la calle Carranza, 20. En el piso principal estaban las secretarías del partido y de las JJSS, la oficina de Información y Propaganda, y la redacción del periódico; y en el primer piso, la administración. En febrero, y como consecuencia del encendido debate sobre la conveniencia de formar parte o no del comité revolucionario precursor de la República, dimiten de sus puestos directivos: Besteiro, Martínez Gil, Ovejero, Trifón Gómez, Aníbal Sánchez y Andrés Saborit, quien dejó también la dirección del diario. Se acordó encomendar ésta a Cayetano Redondo, hasta la celebración de un próximo Congreso.

En el mes de mayo de 1931, la nueva comisión ejecutiva presentó al comité nacional la reorganización del diario, que fue aprobada. La dirección-gerencia, con total autoridad, sería asumida por Remigio Cabello, lo que provocó la dimisión de Cayetano Redondo. El 1 de marzo de 1932, las competencias de director provisional serán transferidas a Julián Zugazagoitia. La Sociedad de Albañiles “El Trabajo” inicia ese verano la construcción de un edificio en la calle Trafalgar, como sede de la Institución Pablo Iglesias, que se alquilaría en diciembre de 1935 al partido para alojar allí el diario y la Gráfica Socialista. Desde el día 4 al 22 de octubre de 1932 se realizaron tres ediciones diarias para cubrir la información sobre el 13º Congreso del PSOE y el 17º de la UGT, que se celebraron en Madrid. En el primero y tras una amplia discusión, se aprobó la gestión de la dirección, así como el dictamen de la ponencia sobre el diario, entre cuyos puntos se incluía la publicación en edición de tarde, la necesidad urgente de adquirir un local y material de imprenta, la organización de una agencia informativa y un servicio de publicidad, la integración en la Redacción de periodistas de reconocida experiencia y retribuidos con sueldos de mercado, y confirmándose a Zugazagoitia como director.

En enero de 1933, y tras las oportunas aportaciones voluntarias, se adquiere en Suiza la rotativa Winkler, que llega a Madrid en julio de 1934, aunque al no haberse terminado aún el edificio de la calle Trafalgar, debió de permanecer almacenada hasta 1937. En mayo de 1934 aparece la revista “Leviatán”, dirigida por Luis Araquistáin. La represión de la revolución de octubre de 1934 provocó la clausura de las Casas del Pueblo y la suspensión gubernativa del diario – que superaba ya los 70.000 ejemplares de tirada – desde el día 5 hasta el 17 de diciembre de 1935, así como la prisión del director, redactores y miembros de administración y auxiliares. En junio de 1935 aparece la revista “Democracia”, dirigida por Andrés Saborit, opinión del ala derecha del partido. A mes siguiente, y como respuesta de la izquierda, aparece “Claridad”. Esta pluralidad de medios en 1936 es fiel reflejo de un partido profundamente dividido, cuyo diario condena el 18 de julio la sublevación militar contra el gobierno de la República, apareciendo el editorial en blanco debido a la censura, que estará vigente durante toda la guerra civil. A partir del 19 de noviembre, la carestía del papel y las dificultades para su adquisición hizo que se publicara una sola hoja impresa por las dos caras, hasta el 19 de enero de 1937. El 1 de febrero de 1937 apareció el primer número impreso y publicado en los nuevos talleres de la calle de Trafalgar, 31, donde se trasladaron también la redacción y la administración. En mayo de 1937, Zugazagoitia es nombrado ministro de la Gobernación, siendo sustituido en la dirección del diario por Manuel Albar. El 2 de mayo de 1938 aparece “El Socialista” en edición de Barcelona, con Albar al frente, mientras en Madrid era relevado por Felipe Cabezas. Hasta febrero de 1939 se publicarían dos periódicos con la misma cabecera y diferente contenido, formato, direcciones y redacciones. El 28 de marzo de 1939 se publicó el último número de “El Socialista”, con un titular a 6 columnas: “Nadie acoja ni secunde otras iniciativas que las del Consejo Nacional de Defensa”, y un editorial titulado “Nos hacen la guerra porque deseamos la paz. No aman a España.”

 

El nuevo régimen se incautaría de todos los bienes de las organizaciones del Frente Popular, entre ellos el edificio de Trafalgar, 31, y la rotativa recién instalada, editándose en esas instalaciones y con esos medios industriales el Boletín Oficial del Estado franquista.

Eusebio Lucía Olmos

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