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Manuel Muiño Arroyo, modelo de Concejal del Ayuntamiento de Madrid

  • Escrito por Eusebio Lucía olmos
  • Publicado en Historia y Vida

Manuel Muiño Arroyo. | Foto de la Fundación Pablo Iglesias Manuel Muiño Arroyo. | Foto de la Fundación Pablo Iglesias

En la sesión extraordinaria celebrada por el Ayuntamiento madrileño la mañana del día 15 de abril de 1931, quedó constituida la nueva Corporación Municipal, a pesar de que en la urgente sesión de la noche anterior ya se había elegido como alcalde, por unanimidad de los electos ediles, al joven abogado madrileño y activo militante republicano, Pedro Rico. En la sesión constitutiva, el concejal socialista Manuel Muíño Arroyo fue también elegido delegado de Vías y Obras, comenzando a darse a conocer a los pocos días por su actitud responsable, no muy conforme con los usos de la época.

Un primer ejemplo de ello se pudo apreciar cuando se pavimentó la Plaza de la Cibeles, habiendo firmado el contratista un pliego de condicio-nes que incumplió. Una vez terminadas las obras, y llegado el momento de firmar Muíño la certificación correspondiente, detectó que sólo tenía un firme de 30 cm., cuando el pliego aceptado por el contratista estipulaba 38 cm. El concejal lo devolvió, negándose a dar su visto bueno, lo que provocó un escándalo de primer orden en todo Madrid. Mientras no quedase firmada la certificación del concejal, el constructor no podría proceder al cobro de la obra. Muíño recibió fuertes presiones, amenazas e intentos de soborno. No obstante, firme en su puesto de concejal responsable, no cedió en su reparo. Y la Plaza de Cibeles tuvo que ser levantada de nuevo para cumplir el contratista lo firmado. Pero pronto se repetiría la situación. En la urbanización de la Casa de Campo surgió nuevamente "la mordida”. Muíño la rechazó nuevamente, negándose a firmar el pago, con el consiguiente escándalo, aireado por toda la prensa: "Estos socialistas nos llevan a la ruina", aseguraban los contratistas. Pero Muíño se mostró firme e hizo cumplir siempre lo contratado.

Por la generalizada crisis económica y el consiguiente problema del paro obrero que sufría Madrid en los años previos a la República, se había dictado una apresurada disposición que permitía que el Ayuntamiento distribuyese trabajo improvisado, sin ordenación alguna ni siquiera suficientes recursos. Afortunadamente, la llegada de Muíño a la concejalía de Vías y Obras, posibilitó que quedasen organizados enseguida aquellos compañeros afectados por la prolongada falta de trabajo, buscando una solución que propiciase conjuntamente la mejora urbanística de la capital y la disminución del paro. Dedicó los desempleados a tareas tales como la pavimentación de numerosas calles y plazas, el ensanchamiento de diversos puentes, el derribo de las viejas caballerizas del Palacio de Oriente, la urbanización del Ensanche, importantes mejoras en el alumbrado eléctrico, así como en el transporte y la limpieza urbanos, obras todas efectuadas en muy pocos meses. Pero su mayor orgullo fue la apertura y puesta en servicio de la Casa de Campo, que había sido hasta entonces patrimonio real, y que el gobierno de la República entregó al pueblo de Madrid. El plan constituyó todo un conjunto de actividades tan ordenadas y prácticas, que era difícil creer que un obrero pudiera ser tan excelente coordinador y director de trabajos de tal envergadura técnica. Todas las mañanas visitaba alguna de aquellas numerosas obras que se estaban llevando a cabo, siendo siempre acompañado, como informador, para dar cuenta puntual de lo que se hacía, por un jovencísimo redactor de El Socialista: Santiago Carrillo.

La delegación de Vías y Obras del Ayuntamiento de Madrid comprendía entonces todo lo referente a edificios municipales, alumbrado, pavimentación, urbanización y ensanches, limpiezas, parques y jardines, transportes urbanos, casas baratas, servicios de aguas potables y alcantarillado, y algunas otras responsabilidades menores. A pesar de tan numerosas competencias, Muíño, compatibilizó esta importante delegación con la atención al escaño de diputado por Badajoz en las Cortes Constituyentes republicanas para el que sería también elegido dos meses más tarde, hasta que, en plena guerra civil, se le designó jefe del Servicio de Transportes de la Subsecretaría de Armamento. El minucioso relato de esta eficaz y prolongada acción municipal se recoge en el curioso informe del propio Manuel Muíño, acerca de "lo que han hecho los socialistas para mejorar los servicios y la situación de obreros y empleados". Se titula Memoria sobre la labor realizada por el primer Ayuntamiento de la Segunda República Española.

El último director de El Liberal, don Manuel Rosón, que en los años treinta era funcionario de la Hemeroteca Municipal, evocaba en un artículo, escrito al morir Muiño, en abril de 1977, un detalle excelente de su acción edilicia: "Cuando, como delegado de Vías y Obras del Ayuntamiento, allá en 1932, resolvió uno de los problemas más angustiosamente acuciantes de la existencia cotidiana de la villa del oso y el madroño en aquella época: el del llamado Puente de las Ventas, casi enfrente a la Plaza de Toros actual, que enlazaba la calle de Alcalá y la antigua carretera de Aragón..., punto clave de la subida al Cementerio del Este..., y que, por su angostura, constituía una aberrante obsesión para todos. No había forma de resolverlo – continuaba recordando Manuel Rosón –, hasta que una buena mañana se presentó Muiño al frente de una brigada municipal. Todo quedó arreglado para siempre con la desaparición de los impedimentos que constituían aquel cuello de botella... Pasaron, pues, a mejor vida los bailes chulapones (“La Gloriosa”, entre ellos) de la margen derecha del arroyo del Abroñigal, así como unos improvisados talleres de urgencia del Metro y los tenderetes que habían convertido el lugar en zoco moruno". Por lo cual se advierte que Muiño no andaba con demasiadas contemplaciones cuando tropezaba con obstáculos para la circulación y el urbanismo, en la villa de las siete estrellas. "Fue uno de los mejores concejales, con su maestro, don Andrés Saborit, y su también compañero de escaño municipal y tocayo, don Manuel Cordero. En lo espiritual, don Julián Besteiro era su oráculo", terminaba glosando el antiguo funcionario de la Hemeroteca Municipal.

Misión en cierto modo complementaria de la que llevaba a cabo en el Ayuntamiento madrileño, fue la que le encomendó Indalecio Prieto, entonces Ministro de Hacienda, al designarle consejero delegado del Gobierno, con derecho de veto, en el Banco Hipotecario de España, magnífica creación de la Primera República. Prieto le encomendó que estimulara la inversión en obras de interés social y público; por ejemplo, centros de-portivos y culturales, e incluso locales de espectáculos. Hasta ese momento el Banco Hipotecario se limitaba a promover la construcción de vivien-das, destinando a ello el 70% de sus préstamos, mientras negaba sistemá-ticamente la concesión de créditos para proyectos de mayor utilización colectiva. Muiño, cumpliendo las instrucciones de "don Inda", permitió la expansión del crédito bancario, gracias a lo cual pudieron ser construidos el estadio del Oviedo C.F., así como los monumentales edificios madrileños Carrión (“Capitol”) y Avenida, que albergaron modernas salas cinema-tográficas. Al cesar Indalecio Prieto en el Ministerio de Hacienda para pasar al de Obras Públicas, el nuevo ministro, don Jaime Carner, ilustre abogado y financiero catalán, rogó a Muiño que continuara en su puesto de consejero del Banco Hipotecario, cargo en el que siguió hasta el fallecimiento del ministro.

En 1932 fue también elegido vocal de la Comisión Ejecutiva de la UGT, que presidía Julián Besteiro, continuando con sus cargos en la orga-nización obrera y la concejalía hasta la sublevación militar. La labor muni-cipal había sido interrumpida durante el período de suspensión de la cor-poración republicano-socialista, tras la huelga general revolucionaria de octubre de 1934. Saborit y Muiño, durante el citado bienio negro (octubre 34 - febrero 36) que siguió a aquel en que habían ejercido la actividad mu-nicipal, editaron y dirigieron la revista Tiempos Nuevos, de singular interés urbanístico, que daba cuenta, con profusión de planos y fotografías, de las novedades que los concejales socialistas contribuyeron a introducir en la estructura urbana de Madrid y sus servicios vitales. Mas, en los pocos meses que siguieron al período de suspensión, entre las elecciones de febrero de 1936 y el comienzo de la guerra, redobló Muiño su actuación edilicia, tratando de recuperar el tiempo perdido durante el bienio negro. El Liberal de Madrid, le había acogido con entusiasmo, el 21 de febrero de 1936, al informar acerca del retorno al Ayuntamiento de la corporación elegida el 12 de abril de 1931. Al pie de una fotografía de Manuel Muiño aparecían las siguientes palabras: "Ya está aquí otra vez el Sr. Muiño, el activísimo e insustituible Concejal de Vías y Obras. Con Muiño vuelven la actividad y el interés por el adecentamiento de las calles. Es, sin duda, el más popular de nuestros munícipes. El pueblo de Madrid podrá pasear libremente por la Casa de Campo".

Años más tarde, el día 19 de mayo de 1978, la Fundación Pablo Iglesias organizó un acto homenaje en conmemoración del primer aniversario de la muerte del ex concejal, en la que tuvo una brillante intervención don José Prat. Como asesor jurídico de la Federación de Trabajadores Municipales, don José había tenido ocasión de coincidir con Muiño en su etapa de concejal del Ayuntamiento madrileño, trabajando conjuntamente por la mejora de sus condiciones laborales. Y, como reconocido “besteirista”, junto al propio Muiño, Trifón Gómez y Andrés Saborit, así como destacados responsables del sector histórico del PSOE, acababan de propiciar en el momento del homenaje una memorable aproximación de otros 300 compañeros al sector renovado, que quedaría plasmado en su absorción por parte de este sector, en el mes de septiembre de 1977. Desafortunadamente, tal acuerdo fue llevado a cabo cinco meses después del fallecimiento de Muiño, por lo que no pudo éste disfrutar del histórico acontecimiento, a favor del que tanto había trabajado, y que llevó aparejado el nombramiento de don José como presidente de honor de la Federación Socialista Madrileña. En el tenso Congreso Extraordinario celebrado unos meses después, en enero de 1978, don José presidiría la triunfante candidatura “moderada”, con Alonso Puerta como secretario general, frente a la derrotada “radical”, que había sido encabezada por Francisco Bustelo, como secretario general, y Sócrates Gómez, como presidente.

Por tanto, en su calidad de recientemente elegido presidente de toda la FSM, tuvo don José un especial interés en participar aquella lejana tarde primaveral en el homenaje póstumo dedicado a su viejo amigo y compañero Manuel Muiño, modelo de concejal y de socialista. Oigamos a don José:

“… La anonimia de Manuel Muiño era su modestia, su trabajar por la causa sin más interés que trabajar por ella, servir en el Sindicato, servir en el Partido, servir en el Ayuntamiento, servir en todas partes porque era un espíritu lleno de generosidad y de eficacia en la amistad. Y es una vida ejemplar porque tiene en los episodios de su vida, en su vida familiar, momentos de una belleza moral, de un espíritu generoso y profundo que yo me atrevería a calificar de santidad, porque la santidad laica existe. Tenemos muchos episodios así en nuestra historia.

“… Sus últimos años, y los más esperanzados, que debemos en gran parte a su esposa Madeleine, resumieron aquella labor de tantos años renacida con la presencia en su tierra española porque en su sencillez, en su humildad, tenía algo de gigante que recordaba el mito de aquel gigante que, al pisar la tierra, volvía a vivir, volvía a crecer, y él volvió a vivir, volvió a crecer al pisar la tierra madrileña, tanto que ni él ni nosotros podíamos pensar que iba a marcharse un día de abril de 1977.

“… En Muiño debemos advertir muchos valores que yo quisiera subrayar, por ejemplo su valor humano. Yo quiero simbolizar en su humanidad algo así como el espíritu del pueblo de Madrid. Yo creía que Muiño era gallego, por su apellido, por su inteligencia, por su modestia, por su fervor. Pues bien, era madrileño, pero su padre era gallego. Cosa muy natural porque Madrid es la concreción de toda España, es el hogar de todos los españoles, y Muiño era madrileño esencial.

“… Muiño pertenece a esa gran tradición del esfuerzo diario del socialismo español y muy característicamente del socialismo madrileño. Porque Madrid sabe conjugar el trabajo con la alegría, y Muiño fue un claro ejemplo. En medio de esa concepción amable del trabajo, que guardaba dentro de sí la más rigurosa conciencia del oficio y del sentido de la obra bien acabada, para los trabajadores madrileños era muy importante influir en el gobierno de la ciudad. No se olvide que desde fines del siglo XIX, el socialismo municipal figuró en los programas y en la acción de todos los partidos socialistas europeos, y nombres de socialistas ilustres tienen buen puesto en la historia de Amberes, de París y de otras muchas ciudades importantes. El Partido Socialista Obrero Español resulto defensor de la acción política democrática y, consciente de que para transformar las leyes hay que obedecerlas, logra sus primeros éxitos electorales en los Ayuntamientos, que notan enseguida un éxito renovador inesperado. Eran muy pocos los concejales que se iban eligiendo, pero cada uno valía por muchos porque sabían denunciar la injusticia, combatir el caciquismo, fiscalizar los servicios públicos y servir con honradez inmaculada los intereses comunales.

“… En 1931 Muiño es elegido concejal por Madrid en un Ayuntamiento que se puso a la cabeza de aquel generoso proceso renovador que da a los años 1931 al 1933 relieve singular en la historia de España. Muiño llega al Ayuntamiento con el ímpetu de laboriosidad fecunda y el sentido del servicio a los demás que había tenido siempre. Tenía un admirable sentido práctico y una concepción muy clara de las necesidades de los trabajadores madrileños y de la ciudad entera. Así fue modelo de concejales. De “Manual del Concejal” animado y ejemplar podría calificarse su vida.

“… Recuerdo, por ejemplo, que por el problema del paro obrero en Madrid, se dictó una disposición apresurada, disponiendo el Ayuntamiento trabajo improvisado, sin ordenación ni suficientes recursos. Era como consagrar un poco el derecho al trabajo, viejo tema de la Revolución Socialista en 1848. Fue un poco caótica, un poco desmoralizadora aquella improvisación. Pero, entró Muiño como concejal de Vías y Obras y enseguida organizó a aquellos compañeros perdidos en el desánimo del paro, y los aprovechó en trabajos como la puesta en servicio de la Casa de Campo, que había sido hasta entonces patrimonio real, y que el gobierno de la República entregó al pueblo de Madrid. Y fue el concejal de Vías y Obras más popular, que recordamos todavía cuando vemos esos adoquines que resisten al tiempo como las obras de romanos. Hay que recordar lo que fue la pavimentación de Madrid hecha por Muiño en muy pocos meses, en una actividad casi delirante y, tan ordenada y tan práctica, no pudiendo pensarse que un hijo de sus obras pudiera ser tan excelente coordinador y director de trabajos de rigurosa clase técnica. Aquellas famosas piedras que yo creo que eran de Colmenar, que hacen muy duro el suelo de Madrid, pero lo hacen eterno. Son uno de los legados que nos dejó la gestión de Muiño en el Ayuntamiento de Madrid.

Pasando por alto las referencias que don José hizo en su amplio y brillante discurso a la labor de Muiño como diputado en la primera legislatura republicana, así como a su actividad de consejero del Banco Hipotecario o la de Jefe de Transportes durante la guerra civil, e incluso las de su ingente tarea de ayuda a los exiliados y, por supuesto, al famoso artículo necrológico que le dedicó Manuel Rosón, el último director de “El Liberal”. Pero subrayando la parte final de la intervención del presidente de la FSM, en la que exaltó la defensa de la unidad socialista por parte de Muiño, así como su acendrado madrileñismo que el orador ensalza.

“… El criterio de Muiño fue decisivo como enamorado de la unidad socialista, y sus últimos consejos fueron en favor de ella. Hay algo así como un testamento político de este hombre tan lleno de alegría, que no parecía posible que la muerte pudiera con él, cuyo mandato era la unidad de los socialistas, pero la unidad para algo, para algo creador y constante, para esa labor sin límite y sin descanso en la trayectoria del Partido Socialista, contento con su historia infortunada, pero mucho más contento con su deber y con las implicaciones del presente y del porvenir. Y me atrevo a pensar que gran parte de estos valores que debemos de destacar de Muiño tienen algo que ver con su madrileñismo.

“… Yo no he encontrado a un hombre más madrileño que él, y cuidado que en el Partido Socialista los ha habido. En la tradición oral, he oído que en su juventud había cierta competencia entre Francisco Largo Caballero y Lucio Martínez Gil por ver quien bailaba mejor el chotis; puede ser verdad, pero era natural que un baile que naturalmente no es de origen madrileño, sea por eso tan madrileño, porque Madrid tiene la capacidad de adaptar, de nacionalizar, a todo lo que toca; el que ya ha entrado en Madrid no tiene perdón, no tiene solución. Un día, ese tremendo aragonés que fue Goya se hace madrileño, y salta de pintar las escenas de la pradera de San Isidro a los episodios de los fusilamientos del 2 de mayo. Muiño era un madrileño pleno, alegre, simpático, sencillo, cordial, porque en esto radica lo madrileño: en hacer las cosas sin darle importancia. Es algo del pueblo que ha creado el sainete, una cosa de las más geniales de la literatura dramática universal; el pueblo que tiene en su alma su almario, porque no es sólo suya sino de todos los españoles y de todos los que vienen por aquí. ¿No hay un barrio – Chamberí – con nombre francés?; ¿no cogemos las palabras norteamericanas con la mayor satisfacción, y las solemos pronunciar con acento español, menos mal…? Pues, así es, así es Madrid, que hizo de Muiño un madrileño esencial, y por eso – ¡quizás! – un socialista esencial. ¿Esto quiere decir que soy un nacionalista madrileño? Yo creo que no, pero tampoco me atrevo a negarlo, porque para ser nacionalista madrileño, no hay que haber nacido en Madrid. Y yo, como soy de Albacete, creo que tengo derecho a la doble nacionalidad, a la doble vecindad. … Muiño era un madrileño esencial, generoso y universal."

Y añade este cronista: ¿Era o no también ejemplo de concejal y de socialista?

 


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