El Periódico | 1886
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Pablo Iglesias: Rasgos de una vida íntima (III)

  • Escrito por Eusebio Lucía Olmos
  • Publicado en Historia y Vida

Mitin callejero de Pablo Iglesias / Alfonso Sánchez García Mitin callejero de Pablo Iglesias / Alfonso Sánchez García

Viendo Iglesias mi inclinación hacia las letras, procuró cultivarla. Me hacía escribir pequeños artículos y recuerdo que algunos eran publicados en semanarios socialistas de provincias, especialmente en el “¡Adelante!”, de Eibar. No conservo ni un solo recorte de aquellos trabajos y me placería volver a ver tan simplicísimos ensayos que “el abuelo” revisaba y me hacía corregir a mí mismo. Por cierto, que uno de ellos hube de hacerlo nuevo. Trataba nada menos que de la mujer (magnífico trema para un inexperto con 18 años de edad), y cuanto decía de ella no tiene nada que ver con el concepto que tiene el Socialismo de la misión de la mujer. Iglesias me echó abajo el artículo y salí ganando una breve conferencia que me dio sobre el asunto, acabando por recomendarme la lectura del libro de Augusto Bebel, que buena falta me hacía.

Por entonces, aprendía yo el francés en la Escuela de Artes y Oficios y el italiano en casa, auxiliado por una gramática de Benot, por un diccionario y por una revista socialista humorística que en Roma hacían Podrecca y Galantara: “L’Asino”. También bajo este aspecto me estimulaba Iglesias, encargándome traducciones de cosas amenas para “El Socialista”. Me hizo traducir asimismo un folleto de Guesde – creo que “Le Collectiviste” –, que fue editado por el Partido. Tres objetos lograba el maestro con ello: hacerme adelantar en el conocimiento de los idiomas, darme a conocer la doctrina socialista y obtener de mí una contribución a la propaganda. Todo ello, naturalmente, simultaneado con mi trabajo de tipógrafo que entonces ejercía en la imprenta de la plazuela de la Platería de Martínez.

Tuvo por entonces Iglesias una grave enfermedad, cayendo en cama de manera alarmante. El médico no atinaba con el mal y el enfermo parecía amenazado por algo que acabaría con él. Cundió la noticia y se presentó en casa el doctor Jaime Vera. Según éste, se trataba de una intoxicación grave que exigía atención especialísima. Pasó el peligro y cuando el paciente pudo darse cuenta de lo ocurrido vio junto a sí, entre las personas de su afecto, a una más, apartada de él largo tiempo por discrepancias políticas, pero que le había guardado un entrañable cariño y que volvía a su lado en aquel trance peligroso: era su contemporáneo Inocente Calleja.

Calleja había sido uno de los fundadores del Partido Socialista. En cierta ocasión, disintiendo de la orientación que se daba a éste, se marchó a su casa para ocuparse exclusivamente de su propia vida. Igual que Iglesias, sólo tenía entonces a su madre por toda familia. Ganó bastante en su oficio de platero y acabó estableciéndose en la calle Mayor, fundando la platería que se llamó “de las amas de cría” porque su especialidad eran los collares, pendientes y broches a base de monedas de plata que tanta seducción ejercían sobre las nodrizas. Logró fortuna y tuvo el noble rasgo de acudir en auxilio de su viejo amigo Iglesias. Vio palpablemente cuan necesario era este auxilio y se propuso no regatearlo. Era el maná que llegaba a nuestra casa. Cuando, ya en la convalecencia, Iglesias le dijo que había llegado el momento de poner fin a sus liberalidades, que le agradecía en el alma, Calleja, con su pintoresco lenguaje, le replicó:

- ¿Sabes lo que te digo? Que no me da la gana. Que con mi dinero hago lo que quiero, porque no tengo a quien rendirle cuentas. Tú necesitas restablecerte bien y Amparo está peor que tú. De modo, que me dejas en paz.

Y todas las mañana venía a casa trayendo “la compra”; la mejor carne, el mejor pescado y la mejor fruta que se vendía en la calle Mayor, que entonces equivalía a decir en Madrid. Ya no se separó Calleja de nosotros hasta su muerte. La única condición impuesta por él al “abuelo” era que no le obligase a afiliarse de nuevo en el Partido. Haría por éste cuanto pudiera – ya era bastante cuidar la vida de su figura más saliente –, contribuiría con donativos cuando hiciese falta; pero que no le hablase de adquirir obligaciones de afiliado… Y así fue. En los períodos electorales, en circunstancias difíciles, el óbolo de Calleja no faltó jamás, y nada escaso.

Con el derecho de una amistad sincera, fraternal, que databa de los años mozos, aquel hombre empezó a intervenir en la vida de Iglesias a fin de ponerle a salvo de las necesidades. Tenía, a falta de familia, tres ahijadas, una de las cuales vivía con él en la calle Mayor porque su esposo emigro a Méjico. Muy pocos años después de esto fallecieron ella y el emigrado, dejando un hijo pequeño, que Calleja acogió bajo su protección y trajo con nosotros: Inocente, como él, de nombre, y que hoy es padre de unas lindísimas nenas.

Calleja tuvo varias iniciativas para conseguir que en nuestro hogar no se padeciese la escasez; pero cada una de ellas tenía como principal impugnador al propio Iglesias. Algunas de aquellas iniciativas fracasaron y otras fueron impuestas. La primera fue lograr que en casa no hubiese necesidad de tener pupilos y trasladarnos la calle de Mendizábal, número 6, donde ocupamos un cuarto con dos balcones soleados, uno de los cuales correspondía al cuarto de trabajo o despacho del “abuelo”.

Otra iniciativa fue establecer una pequeña imprenta, con una máquina Marinoni y una prensita de palanca, que se instaló en la calle de Pizarro, 16, a mediados de 1901, y antes de un año se trasladó a la misma casa de la calle Mendizábal, donde vivíamos. El propósito de Calleja era que aquella imprenta perteneciese a Iglesias, solo o asociado con otros compañeros. A ello se negó obstinadamente “el abuelo”, que de ninguna manera quería ser patrono. Y, después de varias vicisitudes que no ofrecerían aquí ningún interés, pasó, por fin, la imprenta a ser propiedad de un compañero que en ella entró como regente: Felipe Peña Cruz.

Otra iniciativa fue la de construir en El Escorial un hotelito que sirviese para pasar en él los veranos y para las convalecencias de las enfermedades, ya frecuentes, del “abuelo” y de mi madre. El hotelito se edificó y durante algún tiempo estuvo sirviendo para los fines propuestos, pero cada vez era más intensa la vida que había de hacer Iglesias y ello le impedía darse el lujo de veranear. Éramos los demás quienes sacábamos provecho del hotelito de Calleja. Por otra parte, había empezado ya a circular la noticia de que Pablo Iglesias tenía un hotel en El Escorial. No faltaba quien afirmase haberlo visto, y esto contribuyó mucho a que el maestro cobrase aversión al dichoso hotel y aun al Escorial entero. Desesperábase con esto Calleja, que armaba trifulcas con “el abuelo”.

- Pero, señor – le decía –, ¿qué te importa lo que digan los mentecatos o los malvados? Déjalos que hablen, como hablan de tu gabán de pieles. El hotel no es tuyo porque no lo quieres; y si lo fuera, ¿qué? ¿Significaría esto nada deshonroso para ti?

El “abuelo” asentía, le reconocía su razón; pero “no daba su brazo a torcer”, como decía mi madre. Y Calleja, carácter tan manso en unas ocasiones como impetuoso en otras, viendo que el hotel iba a tener que destinarse a alquiler la mayor parte del tiempo, rabiaba y decía:

- Pues unos y otros vais a tener hoteles por encima de los pelos.

Y compró una casilla en otro lugar de El Escorial, le añadió un solarcito anejo y levantó una casa de varios pisos para alquilarlos durante los veranos. Y más adelante adquirió otro hotel, con jardín y de mayores proporciones.

- Aunque no quiera, va a tener hoteles en El Escorial – decía –. Si yo me muero antes que él, la renta de unos y otros servirá para que no se vea muerto de hambre, porque en vida será capaz de reunir dos pesetas.

Iglesias le dejaba hacer lo que quisiera. Referiré una anécdota a propósito de las murmuraciones sobre los hoteles: Estaba Calleja una vez asomado a un antepecho en una de sus casas de El Escorial, cuando un grupo de veraneantes que pasaba en aquel momento por allí quedóse parado ante la finca; suponían que aquel señor viejo que estaba asomado era uno de los inquilinos y no tuvieron inconveniente en hacer un comentario en alta voz. Un individuo del grupo exclamó:

- Mirad, mirad: este es uno de los hoteles de Pablo Iglesias. – Calleja enrojeció de ira, y encarándose con el parlanchín le gritó:

- ¡Este hotel es de…! – Y soltó un terno rotundo y brutal, dejando al interpelado como al que ve visiones.

No puedo recordar con qué motivo, Iglesias había hecho conocimiento y trabado cierta amistad con dos jefes del Ejército: eran dos hombres inteligentísimos, serios y de una caballerosidad probada; uno de ellos ya no existe: fue el teniente coronel de Infantería Ibáñez Marín, cuya vida se extinguió bajo las embestidas de los rifeños en los trágicos días del Barranco del Lobo, en 1909; el otro era otro teniente coronel, pero de Estado Mayor, D. Carlos García Alonso; de que vive recibo todos los meses el testimonio en forma de estampilla de su firma al pie de las facturas de una empresa hidroeléctrica de la que es director gerente y yo infeliz abonado – y ¡ojalá pueda él autorizar facturas durante muchos años y yo pagarlas!.

A ambos jefes acudió en una ocasión Iglesias para pedirles un favor: “su chico” era quinto en 1902 y solicitaba de ellos que consiguiesen que, siendo tipógrafo, le destinasen en la imprenta de la Brigada Obrera y Topográfica del Estado Mayor, en el Ministerio de la Guerra. Como se ve, la explotación de los obreros que se atribuía a Iglesias no llegaba a producirle bastante para librar del servicio al “chico”, a pesar de que entonces todavía podían los mozos redimirse totalmente por 1.500 pesetas.

La petición de Iglesias fue atendida y yo quedé destinado a la Brigada. Un día lluvioso y frío de marzo de 1903 acudí a “entregarme” al cuartel del Rosario. Conmigo vino Iglesias, que dejó todos sus quehaceres para acompañarme en aquella triste ocasión, quien sabe si temeroso de que yo pudiera afectarme demasiado. En los abominables pasillos de aquel cuartel pasamos el día entero los mozos concentrados; Iglesias estuvo conmigo muchas horas para procurarme lo que pudiese necesitar. Al llegar la noche nos formaron en pelotón a cuantos íbamos destinados a la Brigada y nos encaminaron al Ministerio. Helados, como estábamos, por la inactividad de todos el día en las lobregueces del cuartel del Rosario, avanzamos en rebaño a paso largo. Flanqueando el pelotón, próximo a mí, marchaba también el maestro, aquel hombre insigne, ya aureolado por la popularidad, admirado y querido por millares de proletarios, conocido en casi todo el mundo, amigo de hombres eminentes de renombre universal. Yo hubiese gritado a mis compañeros, al sargento que nos conducía:

- No caminéis tan aprisa, animales; ¿no sabéis quien viene junto a nosotros, jadeante, falto de salud y sostenido sólo por sus nervios? – Pero… yo ya era un soldado, nada; no podía exigir, sino obedecer, y me limitaba a decir, de cuando en cuando, al “abuelo”:

- Vuélvase…; no venga…; vaya a casa… Ya iré yo por allí… – Ruego inútil. Del rosario a Buenavista me siguió aquel hombre que no era mi padre. Penetramos en las cuadras de la Brigada. Afuera tuvo que quedarse Iglesias, esperando todavía, sin saber el qué. Al fin, volvióse a casa, yo sé con cuanta amargura en el alma, para referir a mi madre los sucesos del día y procurarle consuelo.

Entretanto, nos habían hecho formar en aquel subterráneo varias veces, tantas como nosotros habíamos deshecho la formación. Al cabo de un largo rato pasaron lista; después se nos apartó a unos cuantos y se nos dijo que, existiendo un sobrante de fuerzas, se nos concedía licencia ilimitada. Significaba esto que podríamos pasar todavía un año en nuestras casas. Y se nos franqueó la salida. Excuso decir el paso que llevé desde la calle de Prim a la de Mendizábal.

En efecto, un año después hube de incorporarme al Brigada Obrera, siendo nada menos que director y propietario de “La Revista Socialista”, que seguí publicando mientras fui soldado y algo más, sin que por ello se resintiera el cumplimiento de mis deberes como socialista y como militar, ejemplo que someto a la consideración de cuantos afirman que no se puede ser político y soldado (oficial o jefe, sí). Por cierto, que las polainas y el calzado de mi uniforme me fueron de utilidad en diciembre de 1904 para marchar sobre una gran cantidad de nieve que había caído en Madrid, y poder llevar a la Cárcel Modelo la comida destinada a Iglesias, que cumplía una condena de arresto por cierto comentario que se publicó en “El Socialista” acerca de actos realizados por unos guardias civiles.

Cumplido mi servicio militar y atacado fulminantemente por el virus matrimonial, mi casamiento y creación de un hogar aparte (el casado casa quiere), aunque en diaria comunicación con el paterno, produjo una reorganización de éste (octubre de 1906): abandonó Calleja definitivamente su vivienda en la calle Mayor, ya vacía por la muerte de la ahijada, y trasladóse con el pequeño Inocente a la casa de Iglesias y mi madre. Hallaron un piso bastante regular en la calle Ferraz, número 70 (hoy 68), y allí se instalaron los tres viejos con el huerfanillo.

En diciembre de 1907 recibía Iglesias, en su despacho, la visita del primer nieto que mi matrimonio le deparaba. El “abuelo” era ya abuelo de una manera concreta y en el trascurso del tiempo llegó a serlo repetidamente. De cómo lo fue habremos de hablar más adelante.

Nota al margen, originaria de mi buen amigo y editor de las Obras Completas de Pablo Iglesias, Aurelio Martín Nájera.- El verdadero primer hijo de Juan Almela Meliá fue Apolinar Santiago Almela González (Valdemorillo-Madrid, 23 de julio de 1905/ Valdemorillo-Madrid, 18 de abril de 1989). Juan Almela ya había mencionado de pasada la existencia de una “criadita” que aligeró los quehaceres caseros a su madre. Era Gregoria González Fernández, de Valdemorillo, pueblo camino de El Escorial. Juan y Gregoria se enamoraron y fruto de esa relación nació Apolinar Santiago. Presiones familiares impidieron la boda, quedando el niño a cargo de la madre en Valdemorillo, con ayuda económica permanente de la familia paterna. Con 17 años, Apolinar Santiago se presentó en Ferraz 68 con la intención de conocer a su padre, comenzando a vivir en el hogar de éste, que por entonces tenía otros cuatro hijos nacidos de su matrimonio con Cristina Soler, pues fue desvelado el secreto familiar y aceptado por todos.

Sigue Almela: La vida doméstica de Iglesias entró en un período de calma, gracias a Calleja. Sometido, al fin, el “abuelo”, a la voluntad de éste, que le imponía un buen régimen alimenticio, que le cuidaba en sus enfermedades como no cuidan muchísimos hermanos, que se convertía mil veces en recadero suyo, que vigilaba todos los detalles de la casa, desde la confección de las comidas hasta el avío de las camas; sometido, decimos, a esta infatigable actividad tutelar, libre del temor al mañana, que tanto agota, pudo el “abuelo” aplicar toda la energía que era capaz de desarrollar a su actuación en el Partido. Es a la memoria de Calleja a quien se debe rendir un gran homenaje de gratitud por haber logrado con su desinterés, con su inaudita abnegación, que Iglesias haya vivido bastante más años de los que, de otro modo, habría podido vivir. Ya no hubo zozobras en casa. Solamente las recaídas en las enfermedades permanentes introducían algún desconcierto de vez en cuando.

En 1910 fue diputado Iglesias por vez primera, gracias a la gran protesta nacional contra el maurismo y en pro de los fines que perseguía la conjunción republicano-socialista. Nuestro hombre, que durante tantos años había tenido que vivir con los 6 ó 7 duros semanales que el Partido le asignaba como director de “El Socialista” o como concejal, que después había llegado a cobrar 9 duros, pudo ver ascendidos sus ingresos hasta 500 pesetas mensuales cuando el Parlamento acordó suprimir la franquicia postal de los diputados y abonar a éstos esa indemnización. Llegar a obtener un ingreso de 500 pesetas al mes cuando había ya cumplido los 60 años de edad y perdido la salud en una brega política permanente de 40 años, no suele ser, en realidad, caso común entre los hombres de nuestros partidos monárquicos o de oposición. Sin embargo, aún se le hostigaba como explotador de la clase obrera.

Había de ser yo quien alterase la tranquilidad familiar al ser procesado como responsable, en calidad de director, de la publicación de un artículo de Iglesias y de un suelto de redacción en el semanario “Vida Socialista”, a propósito de la discusión en el Parlamento del proceso y ejecución de Francisco Ferrer. Ocurría esto en 1911, y en los primeros días de diciembre hube de ingresar en la Cárcel Modelo para extinguir una condena de seis meses y un día de prisión.

Así como ocho años antes me había acompañado el “abuelo” a entregarme en el cuartel; me acompañó aquel día a entregarme al carcelero. Pero tengo la seguridad de que esta vez volvió a casa con el espíritu más entero, tranquilo, porque iba yo a cumplir un deber de socialista y no había observado en mí un punto de desfallecimiento. En vano esperó Canalejas, gobernante entonces, una frase dolorida de Iglesias sobre la sentencia que se me aplicaba. Esperábala para indultarme, pero no fue pronunciada. Bien al contrario, fustigábale el “abuelo” sin cesar, en pleno Parlamento, por las torpezas persecutorias que cometía. Iglesias en las Cortes y Saborit y yo desde la cárcel, por medio de la prensa, rechazábamos toda idea de indulto parcial, reclamando, en cambio, una amnistía general para tantos y tantos infelices condenados por supuestos delitos políticos como había en toda España. Casi a diario me visitaba el “abuelo” en la prisión, durante los 6 meses de mi encierro. Como diputado que era, podía verme por el locutorio de abogados, como veía con frecuencia a los otros correligionarios presos.

Ya dejo dicho que por aquellos años eran cada vez más frecuentes las indisposiciones del “abuelo”. Sometida su naturaleza a los incesantes esfuerzos que exigía la actuación parlamentaria, la dirección del Partido, la colaboración con los republicanos, los mítines por toda España cuando le gobierno cerraba las Cortes, solía tener recaídas, de las que, sin llegar a reponerse, volvía a incorporarse para entrar de nuevo en la habitual y frenética actividad. Esta conducta suya exasperaba a Calleja, y no digamos a mi madre.

- Lo que le hacemos ganar en quince días de cuidados, lo echa a perder en veinticuatro horas – comentaban. Entonces se producían las broncas domésticas en las que el “abuelo” se veía acosado por aquellos dos seres que le exigían que no derrochase sus energías vitales. Defendíase él:

- ¿Qué queréis que haga? ¿Que el diablo se lleve todo lo que hay hecho? ¿Que deje hacer para que vayamos de tontería en tontería? ¡Bueno andaría el fregado si lo dejase de la mano! Si los más obligados en la conjunción dejan lo que es preciso hacer para marcharse de veraneo, ¿voy a hacer yo lo mismo y dejarlo todo manga por hombro?

- ¡Eso es! – replicaba Calleja exaltado –. A ti te toca siempre hacer el papel de primo. De modo que ellos se buscan un descanso que les hace falta y tú no tienes derecho a descansar. ¿No aprendes? ¿No ves que son más listos que tú? ¿Qué más les da que las cosas se hagan o estén sin hacer? Ocúpate de ti mismo y deja que ahorquen a la humanidad, porque nadie te ha de agradecer mañana el que te estés matando por el prójimo.

Estas discusiones solían acabar metiéndose el “abuelo” en el despacho, nervioso, excitado, inflado ya de gases, que se le escapaban en largos y ruidosos eructos. Calleja y mi madre quedaban afuera, mirándose ya arrepentidos.

- ¿Lo está usted viendo?

- ¡Es incapaz! En cuanto le digo las verdades, se pone malo. Y el buen viejo se iba a la cocina, donde en un minuto preparaba una taza de tila o de té, con la que entraba en el despacho y le decía al “abuelo” sin mirarle a la cara:

- Tómate esto – Iglesias alzaba hacia él sus claros ojos y sin decir palabra tomábase la infusión, mientras sus pupilar se enturbiaban con una lágrimas.

- ¿Quieres que vayamos un poco a Rosales? – decía Calleja.

- No; no puedo… Tengo muchas cartas que contestar.

- Pues yo voy a salir. Si quieres algún encargo, dímelo para hacerlo.

Una mañana, en el invierno de 1914 a 1915, fuése Iglesias a la biblioteca del Congreso. Había nevado mucho y estaban las calles intransitables. Cuando volvía hacia la Puerta del Sol para tomar el tranvía que le llevase a casa, vio a los mangueros del Ayuntamiento entregados la limpieza del suelo de las Cuatro Calles. Detúvose al observar que se desperdiciaba tiempo y agua, y fue, de manguero en manguero, haciéndoles observaciones y aconsejándoles cómo deberían proceder para dar mayor eficacia a su trabajo. Permaneció en aquella plaza el tiempo suficiente para cerciorarse de que al fin se hacían bien las cosas, pero demasiado para no resentirse con el frío y la humedad. Cuando llegó a casa estaba tiritando. Pusiéronle lumbre en la chimenea y le dieron a beber cosas calientes. No sirvió de nada. Tuvo que meterse en la cama y pasar la gripe que le correspondía. Excusado es decir lo que por el momento le espetó Calleja por haberse metido “en camisas de once varas”.

Al abandonar el lecho, aconsejó el médico una permanencia larga en la provincia de Málaga, a fin de que aquello no tuviese otras consecuencias. Resignóse el “abuelo”, y entonces Calleja expuso su opinión de que deberían irse los tres juntos. Negóse a ello Iglesias porque solo pensaba estar fuera quince días, y para tan poco tiempo no valía la pena armar tan gran movimiento. Le recriminó Calleja diciendo que estar quince días no equivalía a nada; pero el “abuelo” salióse con la suya y marchó solo a Torre del Mar, donde se alojó en casa de un querido correligionario: Antonio Pastor. Veinte días estuvo al fin (entre el 7 de febrero y el 3 de marzo). Y cuando llegó a casa, de regreso, encontróse a mi madre en cama, atacada de gripe, y a Calleja, que aquel día ya no había podido levantarse, víctima de la misma epidemia.

Cuando ambos enfermos mejoraron algo, resolvieron marcharse a Valencia, en busca de clima benigno. Y en la segunda quincena de abril lo pusieron en práctica. Iglesias fue con ellos para dejarlos instalados. Pero al llegar allí volvió Calleja a caer en cama. Tastornáronse otra vez los planes de trabajo del “abuelo”, que hubo de quedare en Valencia para cuidar de su amigo. El día 27 de aquel mes me escribía: “Calleja sigue bastante delicado, y yo hoy me encuentro peor que los días anteriores. Acaso sea la causa el dormir poco.”

Tres días después, el 30, víspera del 1º de mayo, volvía a escribirme: “Yo pensaba, de haber estado mejor Calleja, salir de aquí hoy, aunque haciendo un esfuerzo, para tomar parte en la manifestación de ahí celebráis mañana; pero como no lo está, sino peor, he desistido de mi propósito” El día 2 de mayo, cuando empezaba mi trabajo en la Redacción de “El Socialista”, trajéronme un telegrama del “abuelo”: “Calleja ha muerto. Ven en el correo de hoy”.

Quince años de convivencia íntima, añadidos a la amistad nacida en la juventud, eran motivo sobrado para afectar a Iglesias. Sin embargo, este hombre se mantuvo en un estado de espíritu formidable durante el momento del sepelio en el cementerio civil de Valencia.

Pocos días después, ya en Madrid, abríamos el testamento de Calleja: el dinero en metálico que poseía, repartíalo en varios legados que alcanzaban a las dos ahijadas supervivientes, al hijo de la difunta, a un oficial que trabajaba en su platería, etc. Al encargado de ésta, que tantos años llevaba con él, dejábale el establecimiento con todas sus existencias. A Iglesias le hacía un legado de 10.000 pesetas. Los célebres hoteles de El Escorial quedaban para mi madre, la única que podría emplear la renta en los fines a que aspiró él siempre, es decir, en rodear al “abuelo” de cuanto pudiera contribuir a conservarle la vida y en asegurarle contra las necesidades que pudieran sobrevenir de una invalidez probable. Si el “abuelo” muriese antes que ella, para ella habían de ser las propiedades, como premio de su abnegación de tantos años.

No quiso dejarle los hoteles a Iglesias porque conocía demasiado a éste. “Si se los dejo – decía en vida –, es capaz de hacer una barbaridad con tal de no ser propietario, y después de quedarse sin las casa y sin una peseta, se muere un día y os deja a todos por puertas. Ya le dejo dinero bastante para que haga con él lo que le dé la gana – que a sé yo lo que hará – y darse el gustazo de seguir siendo un pobrete”. Dentro de su crudeza, ese lenguaje de Calleja decía la verdad. Apenas en posesión de los dos mil duros, apresuróse Iglesias a sacarlos de casa y hacer con ellos un donativo a la caja de “El Socialista”, tan necesitada por entonces – como ahora – de semejantes “inyecciones” de plata. Su alegría íntima al poder realizar este regalo debió de ser enorme.

Enfermos constantemente el “abuelo” y mi madre hubieron de pensar seriamente en procurarse una mejoría un tanto duradera, aunque para logarla fuera preciso que él se aislase un poco. Difícil había de serle prescindir de ejercer una intervención permanente y activa en la vida del Partido, pero se resignó. La mayor parte del mes de junio de 1916 la pasaron ambos en El Escorial, pero volvieron a Madrid al observar que su salud no adelantaba nada.

Insistentes ruegos del bonísimo amigo Ruiz Beneyán, que les aseguraba una rápida mejoría si se trasladasen a San Rafael, les determinó a alquilar un hotelito en esta colonia veraniega. Y allá se fueron a fines de julio, llevándose a los dos nietos mayores, Pablo y Santiago, de 9 y 7 años respectivamente. Regresaron el 28 de septiembre sin haber logrado una mejoría apreciable. El “abuelo”, martirizado por una afección en la vejiga, volvía sin haber logrado reducirla siquiera.

Intervino entonces Jaime Vera, como doctor y como amigo. Expuso a Iglesias la necesidad de no pasar el invierno inmediato en Madrid. En ninguna parte estaría mejor que en Caldetas, al norte de Barcelona, en la misma costa, un lugar bellísimo, delicioso de temperatura y extraordinariamente saludable; él lo había conocido personalmente y por eso insistía en recomendarlo. En cuanto al mal de la vejiga, si persistía, podría ser estudiado por algún especialista barcelonés a quien le recomendaría.

Otra vez hubo que hacer los equipajes, ahora con vistas a una ausencia de varios meses. Y los dos viejos, con la fiel y sufrida Candelas, que desde aquel verano vivió con ellos (Era hija de un tipógrafo del grupo fundacional – Enrique Mateo –, que quedó al cuidado de Iglesias a la muerte de éste), y con el nieto Pablo, hicieron el viaje a Caldetas en tres etapas: de Madrid a Valencia, con objetos de pasar unos días con los sobrinos de mi madre y descansar; de Valencia a Barcelona, deteniéndose allí para informarse de las condiciones en que podían instalarse en el punto de destino; y, finalmente, de Barcelona a Caldetas – una hora o poco más de tren –, donde pudieron alquilar una casita y quedar instalados el 2 de noviembre.

Pero la fatalidad les perseguía: el invierno aquel fue crudísimo en toda la península y Caldetas no podía constituir una excepción. Mis queridos enfermos padecieron hielos, vientos, lluvias, nevadas, agravado todo por las dificultades que había para procurarse una calefacción conveniente y por no estar las viviendas de aquella población acondicionadas para defenderse de un tiempo tan infernal. Cambiaron la casa que ocupaban por otra, inmediata al mar, entre la línea del ferrocarril y la playa, en vista de que en la anterior no podían protegerse contra el frío.

Un correligionario alpargatero, Juan Clement, establecido en Caldetas, fue desde el primer momento un excelente auxiliar para cuanto necesitaban. El Dr. Manegat, allí residente, convirtióse en amigo lleno de afecto y de interés. Pocos años más tarde dejaba de existir aquel caballeroso y noble amigo. Por mediación de Manegat, hízose también amigo del “abuelo” y de mi madre un anciano, hombre acaudalado, el Sr. Perxés; que se apasionó tan vivamente del trato de Iglesias, que fue dificilísimo hacerle desistir del propósito que tenía de costear la estancia de éste en el sanatorio del Dr. Sacanellas, a donde hubo de ir meses más tarde. Al cabo de un mes de estancia en Caldetas, escribíame el “abuelo” que estaba de mal humor porque, a pesar del tiempo transcurrido, no notaba siquiera un pequeño aumento en sus fuerzas. El 28 de febrero siguiente (1917) me daba Iglesias estas noticias:

“Por mejorar un poco y encontrarme de la orina tan molesto como antes, a pesar de tomar la medicina recomendada por el amigo Martínez, fui anteayer a Barcelona a visitar al médico a quien Vera me recomendó, el cual me recibió muy bien, y a su vez me recomendó la Dr. Sacanellas, especialista en enfermedades de las vías urinarias. A éste le vi ayer, y después de informarse de los datos que le di y de reconocerme, calificó mi mal como lo expresa la nota adjunta y dijo que me desaparecería después de hacerme la operación que en la misma nota se indica. No tendré más que hacer después que sondarme o que me sonden una vez al mes.”

“A Vera le he dado ayer cuenta de esto, esperando que no tenga que oponer nada de importancia a la opinión del Dr. Sacanellas. Y como seguir como estoy ahora encierra peligro, según dicho doctor y según otro médico que aquí vive y que es bastante bueno, propóngome ir dentro de muy pocos días a Barcelona, para que me operen, a la clínica que tiene el mismo Dr. Sacanellas. Como para pagar al operación y para seguir algún tiempo más, a ver si obtenemos lo que veníamos buscando, necesitamos dinero, y madre se ha dirigido a su amiga XX pidiéndole 2.000 pesetas.”

Apenas recibí esta carta contesté anunciando mi inmediata salida para Caldetas a fin de que el abuelo no se hiciese operar sin estar yo presente. Corrí a casa de Vera para conocer su opinión, y este otro maestro, hallando razonable lo que decía su colega de Barcelona, aconsejó la operación; y después, sabedor de que yo partía para allá, me dio una verdadera conferencia sobre los modos de practicarse una intervención quirúrgica – la uretrotomía –, los pros y los contras que podía tener, dada la naturaleza de Iglesias. Realmente, la operación no tenía gravedad alguna; pero de tal modo desmenuzó ante mí el tema, deseoso de que, si se producía algún contratiempo pudiera tener eficacia mi auxilio, aun sin ser entendido en Medicina, que salí de su casa con el corazón en un puño.

Partí con mi esposa para Caldetas; ella permanecería con la abuela y el hijo, mientras yo estaría en Barcelona cuidando del enfermo. Hizo el Dr. Sacanellas la sencilla operación en su sanatorio de Sarriá y el paciente no sufrió en ella ningún trastorno. Comuniqué la buena nueva a cuantos la aguardaban. Y llegó la noche. Me acomodé en un sillón junto al lecho del enfermo y de cara a éste para vigilarle el sueño.

Aún me estremece el pensar en aquella noche. No dormía el querido “abuelo”: estaba amodorrado, quejándose débilmente, sin darse cuenta de que se quejaba; de cuando en cuando, al tomar su mano entre las mías, abría los ojos y parecía no darse cuenta de la inquietud que debía revelar mi semblante, a pesar del dominio que suelo tener sobre mis facciones. Tornaba a amodorrarse y a gemir; la respiración era francamente anormal, aceleradísima. Yo le notaba febril… No pude resistir más e hice sonar un timbre. Acudió una enfermera, a quien rogué que hiciera venir a algún ayudante del director. En efecto, presentóse el que estaba de guardia, a quien comuniqué mis observaciones y mis temores. Reconoció al “abuelo” y despidióse, asegurándome que aquello no era nada de importancia.

No quedé conforme, a pesar de esto. Bullían en mi cabeza, revueltas, todas las explicaciones que me había dado el maestro Vera; pensaba yo en los casos de operaciones fáciles hechas felizmente que después tienen complicaciones inesperadas y funestas… Y estas negras ideas, en presencia del semblante desencajado del amado “abuelo”, oyéndole gemir y respirar con ritmo tan acelerado, pudieron más que mi voluntad y rompí a llorar, ahogando en el pañuelo mis sollozos para que no me sintiese el enfermo y sufriera una impresión terrible. ¡Qué noche! Cuando, al día siguiente, habían desaparecido tan extrañas manifestaciones, me avergoncé un poco de mi alarma. Pero cuando, ya en Madrid, expuse punto por punto mis observaciones al amigo Vera, no las desdeñó éste, ni mucho menos, sino que me explicó la causa de todo ello, haciéndome ver que mi instinto no me engañaba.

En el sanatorio hubo de permanecer bastantes días el “abuelo”. Yo pasaba las noches y los días junto a él, dejándole sólo un par de horas al mediodía y al entrar la noche, tiempo que empleaba en descender a Barcelona para comer y cenar en un restaurante popular y proveerme de periódicos que leer al enfermo. Recuerdo que una de aquellas noches, al dejar el tranvía de Sarriá y salir a la plaza de Cataluña, sentí vocear la Revolución en Rusia. Acopié periódicos y mientras cenaba me informé rápidamente del movimiento revolucionario que acababa de derribar a Nicolás. Regresé volando al sanatorio para transmitir al enfermo la magnífica noticia, que éste recibió con júbilo, augurando una transformación democrática del viejo imperio zarista que tendría consecuencias incalculables. Habló por los codos; hizo infinidad de conjeturas y reparos… Yo creo que aquella noticia contribuyó a su mejoría.


Emilio Beni Oñate

Mayo 25, 2017 Más Historia y Vida

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