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actualizado 2:27 PM UTC, Apr 25, 2017

Pablo Iglesias: Rasgos de una vida íntima (y IV)

  • Escrito por Eusebio Lucía Olmos
  • Publicado en Historia y Vida

Retrato de Pablo Iglesias Posse, fundador del PSOE (Foto sin fecha, años 10). Efe/svb. Retrato de Pablo Iglesias Posse, fundador del PSOE (Foto sin fecha, años 10). Efe/svb.

Hasta mediados de mayo de aquel mismo año de 1917 permaneció en Caldetas el “abuelo” con mi madre y Candelas. Aun habiendo sido malísimo el invierno y a pesar de los trastornos digestivos que siguieron a la operación practicada por el Dr. Sacanellas, es indudable que el prolongado reposo a que se había sometido, y que todavía se continuó con una estancia en Valencia hasta el 8 de junio, contribuyó a que la marcha de la complicada enfermedad de Iglesias se desviase hacia una mejoría en vez de continuar hasta el desenlace funesto que temíamos los de casa. Sin embargo, nos hallábamos advertidos, y él lo estaba también, de que en adelante no podría dejarse llevar por los propios impulsos y entregarse, como en otros tiempos, a una actividad excesiva podría agravar su estado y acelerar su fin. Pero esta prudente conducta duraría lo que tardase en producirse algún hecho político trascendental. Entonces caerían en olvido su salud y las advertencias de los médicos. Así, pues, permaneció tranquilo… un mes. Porque vino enseguida el movimiento que culminó en la Asamblea de Parlamentarios celebrada en Barcelona.

Sobre aquel acontecimiento político y sobre la intervención de Iglesias en él no caben comentarios en estas páginas, dado el carácter que queremos imprimir a nuestro trabajo. Diré solamente que me fui con él a Barcelona, en previsión de lo que pudiese ocurrirle, y que allí hizo mucho más de lo que sus fuerzas permitían. Días hubo en que, sin alimentarse apenas, participó en reuniones e intervino en asuntos que a cualquier individuo robusto le habrían agotado. Naturalmente, al volver a Madrid pagó su pecado. Precisamente cuando el Partido Socialista y la Unión General de Trabajadores organizaban el movimiento de agosto cayó en cama el “abuelo”, verdaderamente amenazado en su vida y llenando de zozobra al amigo Jaime Vera que le asistía.

Hallábase a la sazón en Valencia mi madre. Pasaba yo el verano en el vecino pueblo de Aravaca, en una casita contigua a la que ocupaban, temporalmente también, Daniel Anguiano y su familia. Por consiguiente, al caer en cama el “abuelo, me constituí en enfermero suyo, dejando en Aravaca a mi esposa e hijos y procurando ocultar la gravedad del caso a mi madre. En los primeros días me auxiliaba en atender al “abuelo” nuestro correligionario Desiderio Tavera. Mas, al empezar las persecuciones políticas, tuvo este amigo que ponerse a salvo buscando un refugio. Vinieron entonces conmigo mi cuñado Ángel y el ahijado de Calleja, Inocente, que, por ser ambos muy jóvenes y no figurar entre los considerados por el gobierno como sediciosos, podrían seguir atendiendo al enfermo en el caso probable de que también a mí me echase mano la policía.

La enfermedad de Iglesias evitó que los agentes registrasen su domicilio, aunque lo tuvieron vigilado sin cesar. La casa de Anguiano y la mía, en Aravaca, fueron minuciosamente escudriñadas por la policía de Madrid, que dejó en ellas un “centinela” permanente en vista de que no pudimos ser hallados y suponiendo que cometeríamos la imprudencia de visitar a la familia en cualquier momento.

Y como todo aquello está ya lejano, más en la sucesión de los hechos que en el tiempo, permítaseme la vanidad de decir que, bloqueada mi casa de Aravaca, bloqueado yo mismo, indirectamente, en casa del “abuelo”, aun pude salir sin tropiezo varias veces, bien para intervenir en la marchad de los sucesos políticos, bien para ver a mis hijos mi esposa en Aravaca y, finalmente, al pasar la gravedad del “abuelo”, para tomar el tren mi marcharme a Valencia con objeto de traer a mi madre.

En aquella ocasión pude apreciar de un modo definitivo hasta donde llegaba el rigor moral y la potencia intelectual de Iglesias. Yacía en cama, materialmente deshecho y, en medio de sus padecimientos, no cesaba de trabajar su cerebro en torno de los sucesos que se estaban produciendo. De cuando en cuando, abría los ojos y me decía: “Para que no se nos olvide, toma nota de que conviene averiguar tal cosa o comprobar tal otra."

Volvía a abstraerse: los sufrimientos le hacían gemir; pero creo que él mismo no se daba cuenta, porque, tornando a mirarme, decía de pronto, como conclusión de una serie de razonamientos que había estado haciéndose a sí mismo: “La noticia que ha mandado Fulano no debe de ser cierta o es exagerada. Fíjate bien: si hubiese ocurrido eso, debería haberse producido tal otra cosa, y, por lo que dice Mengano, allí no se planteó semejante cuestión.” Estas imprecisiones eran entonces reflexiones llenas de lógica.

Vera le visitaba dos veces cada día; comenzaba la entrevista como médico. Ciego, como estaba, no le era preciso, sin embargo, el sentido de la vista para darse cuenta de la marcha de la enfermedad. Aconsejaba, advertía, recetaba si era preciso.

- Escriba usted, Meliá, en una cuartilla - me decía; y dictaba una receta. Y colocándole después una pluma entre los dedos y el papel debajo de ella, ponía él su forma de memoria, una firma de ciego, de la que conservo algunos ejemplares y cuya contemplación me produce siempre una honda tristeza. Firma imprecisa, vago recuerdo de lo que antes había sido, semejante por su vacilación y su temblor a la de otro gran hombre a quien también había visto yo firmar en idénticas condiciones: don Eduardo Benot.

Despachada su función médica, Vera tornaba a ser el correligionario inteligentísimo, el otro maestro, y entre él e Iglesias se desarrollaba una conversación que yo escuchaba concentrado, silencioso, feliz. Vera traía noticias de distintas procedencias; sus reflexiones y deducciones, con las del “abuelo”, permitían a ambos reconstruir los hechos y enlazarlos aún sin haberlos presenciado; dábanse cuenta de la situación y determinaban lo que convendría hacer. Y cuando el médico y colaborador salía de casa, quedaba el enfermo, olvidado de su mal, apurando sus reflexiones, impacientándose por no poder lanzarse a la calle. Dejaba yo entonces mi papel de enfermero para convertirme en agente transmisor.

Ya estaban en prisiones militares los compañeros que componían el célebre comité de huelga y otros varios líderes, y las noticias del movimiento no eran nada satisfactorias; y una noche, después de hecha por Vera la última visita, vino a casa el doctor Simarro. Traía noticias concretas y el propósito de realizar determinada gestión. No he de hablar tampoco de ella en estas páginas porque no son lugar adecuado para el tema que suscitaría. Habló largamente con el “abuelo” y éste le hizo notar que no podía darle una respuesta concreta y definitiva porque precisaba conocer la opinión de algún compañero, a fin de no ser él únicamente quien resolviese. Prometióle, sin embargo, enviarle una respuesta por escrito en las primera horas de la mañana siguiente. Salió Simarro y a poco, aprovechando un breve “eclipse” del policía vigilante, salía yo también, con unas notas tomadas rápidamente, en busca de Vera, que, probablemente, estaría ya durmiendo. Conseguido mi objeto, transmití a Iglesias la opinión de Vera, conforme con la suya. Y empezó aquella terrible madrugada, que no olvidaré jamás, no porque en ella ocurriese nada extraordinario, sino por lo que sufrí moral y físicamente.

Me dio el “abuelo” el encargo de redactar sucintamente la respuesta que debería remitirse a Simarro pocas horas después. Púseme a ello y a duras penas pude concentrar mis ideas, que habían de reflejar las del maestro. Pero cerrábanse mis ojos y mi cerebro se paralizaba. Varios días de inquietudes, de alarmas de distintas clases y todas muy serias; varias noches sin más reposo que unas cabezadas de sueño en una butaca, habían agotado mi resistencia física. Quería escribir y se me resistía todo: el seso y la mano. Trazaba unos párrafos y quedaba dormido; despertábame con sobresalto y pretendía reanudar mi tarea… Ponía la cabeza al chorro de la fuente para despabilarme; volvía a las cuartillas… No sé cuánto tardé en redactar media docena de páginas. Al fin di por concluso mi trabajo y torné a la alcoba para leérselo a Iglesias, que me aguardaba. ¡Válgame el diablo, y qué despejado estaba! Siendo él quien sufría la enfermedad y la impaciencia de verse incapacitado para intervenir en cuanto ocurría, en vez de hallarse abrumado y sin ganas de oír hablar siquiera, estaba en activísima vigilia intelectual, infinitamente más despierto que yo. Hecha mi lectura, se me cayó el alma a los pies cuando le escuché decir:

- No es eso, Juanito; hay que acentuar tales conceptos y dar a entender tales otros... No po-demos decir explícitamente lo que no estamos seguros de poder afirmar… Corrígelo así…

¡Apañados tenía yo mis sentidos para redactar un documento diplomático! Hubiera querido morirme de repente. Se trataba de un asunto harto serio y ello me estimulaba a un nuevo esfuerzo; pero me sentía incapaz de realizar medianamente lo que el “abuelo” me encomendaba. No sé, realmente, cómo logré al fin acabar mi trabajo. Recuerdo de una manera imprecisa que lo copié en limpio y lo encerré en un sobre, con unas notas mías para Simarro, cuando estaba saliendo el sol. Desperté a mi cuñado y le dije:

- Lleva, corriendo, esta carta a tu padre para que él, en persona, la ponga en manos del destinatario sin pérdida de minutos. – Después debí caer como un troco sobre un sofá. Cuando pienso en aquel episodio, me parece que acabo de despertar…

En relación con aquellos sucesos históricos consignaré el empeño que durante muchos días puso Iglesias en que el juez militar encargado del procesamiento del comité de huelga le incluyese a él como responsable de los mismos hechos que habían realizada Besteiro, Largo Caballero, Saborit y Anguiano, puesto que él era presidente de los comités de la Unión y del Partido y se solidarizaba totalmente con los actos de los cuatro compañeros citados.

- No conseguirá usted nada – le decía yo –, porque ni llevaba su firma el manifiesto ni ha podido hacer nada por estar enfermo.

- Pero el manifiesto no llevaba mi firma porque no me lo trajeron; yo la hubiera puesto. Al firmar en mi lugar el vicepresidente, lo hacía en mi nombre y representación. Por consiguiente, soy tan responsable como los demás y deben procesarme como a ellos.

Pueril empeño que a nada había de conducir porque ningún juez hubiera hecho caso de él. Mas le cegaba un propósito noble: pensaba, sin duda, aunque ni a mí me lo dijo, que su prestigio personal favorecería a los procesados todos en el caso de ser él uno de los que compareciesen como más complicados ante el Consejo de Guerra. Iglesias condenado, como los demás, a cadena perpetua significaría una sacudida formidable en la opinión española e internacional. Pero, Dato no era un infeliz…

Parte del verano de 1918 lo pasó en Venta Mina, un apeadero de la línea de Valencia a Utiel, situado más acá de Buñol, donde tenía una finca de labor un amigo de espíritu noble y franco, Rafael Ballester. Allí estuvo con mi madre y Candelas. En la misma casa veraneaba también, con su esposa y su hijo, el conocido periodista republicano de Valencia Marco Miranda. Entretanto, mi mujer y mis chicos residían en el Cabañal, junto a la playa de la Malvarrosa, que Blasco Ibáñez ha hecho célebre. Allá fui yo pocos días después de la muerte de Jaime Vera. Y cuando vi al abuelo pude apreciar lo poco que significaba ya para su salud el salir o no de Madrid. En realidad, encontrábase peor en cualquier parte que en su casa. Desvivíase todo el mundo por servirle, por evitarle la molestia más insignificante; pero todo ello no le reportaba ninguna mejoría. La vuelta a Madrid era para él lo único agradable de sus salidas.

En 1919 tuvo otra caída en cama, gravísima, que reputamos por la última; volvieron para mi madre y para mí las horas de angustiosa zozobra y las noches en vela. Antes de morir, Jaime Vera había rogado con toda su alma al insigne doctor Huertas que le supliera siempre en la asistencia a Iglesias cuando éste cayera enfermo. Y este nobilísimo hombre, espejo de caballeros y gloria de la Medicina, aceptó el encargo con tanto mayor placer cuanto que era un viejo amigo del “abuelo”, a quien quería y admiraba.

De la atención, el cariño, el desinterés con que Francisco Huertas acudió al lado de Iglesias cada vez que fue requerido no me es posible hablar sin emoción. La gratitud de mi madre y mía hacia este hombre admirable es infinita. Y a ella ha de unirse la de todos aquellos que tanto amaron al “abuelo”. Pocas veces puede un médico tener la seguridad de que son cientos de miles los ciudadanos que le agradecen sus esfuerzos por prolongar una vida. En trance de 1919 fue terrible. El “abuelo en una cama y mi madre en otra. Y Huertas solicitando consulta porque veía muy mal a su enfermo. Celebróse la consulta con los doctores Gregorio Marañón y Luis Calandre, mientras en la habitación contigua aguardaban los representantes del Partido y de la Unión General de Trabajadores. Y el dictamen de los tres doctores fue que si el organismo del enfermo no respondía al remedio supremo que se le iba a aplicar, la bronconeumonía acabaría con él. Pero la formidable naturaliza de Iglesias respondió de la forma deseada y pudimos respirar. Larga fue la convalecencia; pero por breve la tuvimos al pensar que por aquella vez escamoteábamos su existencia a la muerte.

El viejo luchador decaía físicamente con rapidez. No tenía, materialmente, un día bueno. Pasaba los meses enteros en sus habitaciones. Escasas eran sus asistencias al Parlamento, y las reuniones de los comités que presidía celebrábanse en su casa cuando había que tratar alguna cuestión importante.

Aún salió de Madrid en los veranos de 1920 y 1921. El primero, con pretexto de que la acompañase, hizóle mi madre ir a pasar un mes en Fitero (Navarra), donde tuvo la alegría de conocer a un bravo grupo de socialistas, uno de los cuales presidía el Ayuntamiento. De Fitero fueron a Valencia, donde permanecieron unos días para volver a Madrid en septiembre. Quince o veinte días de octubre los pasaron en La Aliseda (Jaén), donde acudían compañeros de La Carolina y de otros lugares para abrazarle.

De mediados de julio hasta entrada la segunda quincena de septiembre de 1921 estuvieron en Celorio, pueblo asturiano de la costa, a donde los llevó el consejo de Ruiz Beneyán, que veraneaba allí con su esposa. Próximo a Celorio, en Llanes, pasaba también la canícula el matrimonio Besteiro. Reuníanse unos y otros a diario, y a ellos se agregó Fernando de los Ríos, que, en viaje de propaganda por aquella región, permaneció unos días alojado en casa de Besteiro. Veraneo aquel menos monótono que los anteriores para el pobre “abuelo”, que se sentía cada vez “con menos bríos”, como decía él. Hasta el extremo de rehusar que los obreros asturianos realizasen una excursión que habían proyectado a Celorio para verle y aclamarle, y para la cual iba a formarse un tren especial con enorme número de vagones.

Los tres años siguientes los pasó encerrado en casa, de donde salía escasísimas veces con el amigo Cándido Ramírez para ir al paseo de Rosales a tomar el sol y a respirar aire puro. Naturalista apasionado, Ramírez le indujo al régimen vegetariano que a él le permitió recobrar a salud y mantenerle firme. Pero el organismo de Iglesias estaba ya agotado, sin reservas, y el nuevo tratamiento, como los anteriores, no podía hacer milagros en él. Tristísimos años los últimos de su vida. Doliente siempre, la existencia era para él una tortura. A veces, dábanle vértigos que le hacían caer de la butaca al suelo, lastimándose los brazos y aquella hermosa cabeza leonina. Mi madre vivía en continuo sobresalto. Bien puede decirse que estos últimos años le han restado otros tantos de su vida.

Ni aun para jurar el cargo de diputado pudo acudir Iglesias al Parlamento en la última legislatura. (Nota correctora a Juan Almela de Aurelio Martín Nájera.- “En la única legislatura que no llegó a prometer como diputado fue en la de 1920, cosa que, por el contrario, sí hizo en las Cortes de 1923, prometiendo y tomando posesión del escaño el 26 de junio de 1923.”)

Limitábase su actividad a leer periódicos y libros, conversar con los compañeros que alguna vez le visitaban, y escribir artículos, esa magnífica y abundante serie de artículos póstumos conocida de muchos y en los que brillaba una lucidez excepcional. No han faltado pobres de alma que, en su ceguera irracional, daban a Iglesias por agotado intelectualmente y afirmaban que sus últimos artículos sólo tenían de él la firma, sin darse cuenta del elogio que involuntariamente hacían de quienes rodeaban al “abuelo”.

Asombroso es, en efecto, que en un cuerpo que se descomponía luciese con tanto esplendor la inteligencia. Pero, ¡qué enorme trabajo significaba para el “abuelo” la redacción de estos artículos! ¡Cuántas veces había de dejarlos suspendidos por sentirse desfallecer! Viéndole esforzarse de aquella manera, pretendía yo constantemente disuadirle de su empeño.

- ¡Qué voy a hacer! – me replicaba siempre –. No es uno un animal y es preciso hacer algo… Escribo a ratos para no fatigarme, y escribo porque hay mucho que decir. No se puede ahora hacer crítica, pero se puede construir, enseñar, preparar a la gente obrera, hacer que nos conozcan los que no están con nosotros y van a venir muy pronto a nuestro lado… Yo no puedo hacer ya más que esto y esto es lo que hago… Hasta me sirve de distracción y consuelo… Con lo que estoy pasando, si no pudiera hacer esto siquiera, me mataría… Si no creyese que puedo hacer algo aún, me mataría, sí…

Recoge, lector, estas palabras, dichas con una grandiosa serenidad, y en ellas conservarás reflejado uno de los últimos rasgos del maestro. Como dice Zugazagoitia en una bella frase: “la vida de Iglesias se ha ladeado”.

De repente ha pedido que le ayuden a meterse en la cama. En el cajón de su mesa ha dejado, sin acabar, unas “Exhortaciones” dirigidas a los obreros de la Casa del Pueblo de Madrid. Ha dejado también dos recibos: uno para la Administración de “El Liberal”, de Bilbao, y otro para un lector de sus artículos que quiso manifestarle su afecto regalándole una pluma estilográfica. Acude Huertas, que trasmite a mi madre su pésima impresión: el análisis de orina dirá la última palabra. Y, al día siguiente, esa palabra es… lo fatal: no hay esperanza ya. Llega lo irremediable. Se advierte a los amigos y la emoción se difunde… Es el 8 de diciembre. Hundida la barba en el pecho, el “abuelo” se apaga… Respira anhelosamente y a cada aspiración sigue un gemido. Lleva dos días así. Apenas oye y pronuncia con extremada dificultad las escasas palabras que quiere decir. Por la tarde entro en su alcoba y, al sentir mi beso, tartamudea mirándome.

- ¿Y los chicos?

Después, observando que permanezco en pie, a los de su cama, durante largo rato, abre mucho los ojos y nos mira de un modo extraño a mi madre ya a mí. Y, esforzándose por levantar la voz, nos interroga sobre algo que bulle en su cabeza:

- ¿Cómo ha podido deducirse que me queda un mes de vida?

Yo fuerzo una sonrisa que pueda tranquilizarle.

- ¿Quién ha podido decir eso? – exclama mi madre. – Al contrario, Huertas dice que esto es uno de tantos arrechuchos y que no tiene nada de particular.

Intervengo yo, apelando a la lógica, que es el lado fuerte de Iglesias:

- ¿Y quién pude señalar en un mes la vida de nadie? – Es “abuelo” responde con impaciencia:

- No puedo discutir… Pero os veo a unos y otros…, y no es para tanto…

Yo quiero justificar mi presencia allí dándole a entender que no he acudido por abrigar temor alguno:

- Yo estoy aquí porque hoy es fiesta y no tengo oficina.

- Hoy…, sí… – murmura –. Hoy hace años que mi madre…

Recuerda claramente que su madre murió el 8 de diciembre. Piensa en ella hasta en sus últimas horas. Al caer la tarde del día siguiente es él quien se va. Sus ojos se abren desmesuradamente en una mirada indescriptible; después caen los párpados, inclínase la cabeza… Un pueblo ha quedado huérfano.


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