Prieto sobre Juan de la Cierva y la crisis de la Monarquía de Alfonso XIII


Indalecio Prieto / Fundación Indalecio Prieto Indalecio Prieto / Fundación Indalecio Prieto

Indalecio Prieto escribió un artículo en “El Socialista” (número 5.835) en agosto de 1956, con el título de “Una Autobiografía Chismográfica”, donde analizaba y reseñaba ácidamente la publicación de las Memorias de Juan de la Cierva y Peñafiel (1864-1938), destacado político conservador y uno de los pilares del sistema caciquil en la época de Alfonso XIII desde Murcia, que convirtió en un verdadero símbolo de este entramado de relaciones sociales y políticas en la España de comienzos del siglo XX. Los interesados en profundizar sobre este particular disponen de una monografía de Francisco Javier Salmerón Giménez en su obra, Caciques murcianos: la construcción de la legalidad arbitraria (1891-1910), por la Universidad de Murcia (2001).

El interés de la crítica del libro del político murciano reside en que Prieto desgrana parte de su conocimiento del personaje y la crisis constitucional que llevó a la Dictadura de Primo de Rivera, y luego al fin de la Monarquía, momentos claves de la Historia contemporánea de España.

Las Memorias de Juan de la Cierva fueron publicadas por Emilio González-Llana, ingeniero de minas, diputado conservador en distintas legislaturas, muy vinculado a la Banca (Banco Popular de los Previsores del Porvenir), y miembro de la Asamblea Nacional Consultiva en la Dictadura de Primo de Rivera. Su mentor político había sido Juan de la Cierva. Al parecer, el político murciano había dejado unas notas que había escrito en 1932 en Biarritz donde se había exiliado cuando se proclamó la República. En 1955, González-Llana las reunió, consiguió el permiso familiar y pasó a editarlas en la Editorial Reus con el título de Notas de mi Vida, insertando un prólogo. Hemos comprobado que el libro se puede adquirir en la red.

La crítica del libro es ácida desde el principio hasta el final. En primer lugar, porque Prieto consideraba que el editor, al que había conocido en el Congreso cuando ambos habían sido diputados, profesaba un “cariño idolátrico” hacia su mentor político. Esa supuesta idolatría ponía en ridículo al homenajeado. Prieto lamentaba, siempre con ironía, que se hubiera autorizado esta publicación. Ya no se podía hacer daño al Partido Conservador, que no existía, pero el autor se lo hacía a su propia persona, mientras que el prologuista al deshacerse en elogios, provocaba un contraste, calificado por Prieto, como repulsivo.

Para Indalecio Prieto, Juan de la Cierva era un político mediocre si se le comparaba con los grandes mentores del Partido Conservador, como Cánovas, Francisco Silvela o Antonio Maura. De la Cierva lanzaba durísimas críticas a muchos de sus correligionarios en su libro. Criticaba a Antonio Maura, y a su hijo Gabriel. Pero con quien sería más duro fue con Ángel Ossorio y Gallardo, que no quiso secundar la durísima represión de los hechos de la Semana Trágica, por lo que, como sabemos, dimitió como gobernador civil de Barcelona.

Recordemos que el político murciano siempre fue partidario de la mano dura. Prieto afirma que estas críticas eran mucho más fuertes que las que el autor pudiera lanzar contra sus contrincantes políticos fuera del conservadurismo, un síntoma, en nuestra opinión, de la profunda carcoma que destruyó, entre otras razones, a los partidos dinásticos desde la desaparición de sus dos grandes líderes, Cánovas y Sagasta. Prieto insistía en la supuesta medianía del político conservador por estas críticas hacia quienes pudieran ser obstáculo en su carrera política en el Partido Conservador.

Prieto explica la llegada del abogado murciano a la política nacional, al ser elegido diputado por el distrito de Mula, gracias al apoyo de la familia vasca de los Zabálburu, terratenientes en esta zona. Expone cómo montó su red clientelar caciquil por toda Murcia, y cómo ejerció un verdadero nepotismo al colocar a su familia en cargos de alta responsabilidad en el Gobierno, el Senado y el Congreso de los Diputados.

La represión que ejerció como ministro de la Gobernación por los hechos del verano de 1909 le granjearon enormes críticas, como a su presidente, Antonio Maura. Pero, además de estas críticas, que llevaron a la primera gran crisis del reinado de Alfonso XIII, De la Cierva pasaría a ser famoso por la caricatura que le hizo el dibujante Manuel Tovar con pantalones a cuadros. De la Cierva se querellaría por ello.

Prieto consideraba que, desde el punto de vista formal, las Memorias estaban mal redactadas. Como documento histórico tampoco valdrían mucho. Aún así, el político socialista sacaba algunos episodios para demostrar su afirmación, además de permitirnos comprobar sus opiniones sobre los hechos relatados.

En primer lugar, se refiere a un acto presidido por el rey en el Casino de Córdoba en el año 1921, en el que estuvo presente Juan de la Cierva, en ese momento ministro de Fomento. El discurso que pronunció Alfonso XIII llegaría hasta el Congreso. Al parecer, el monarca había bebido de más. Prieto cita el pasaje del libro sobre el acto relatado, donde el autor pretendía justificar el “enardecido espíritu”, para defender al rey de lo que se había comentado por los “puros” republicanos. Pero el propio De la Cierva explicaba en su libro que nada más comenzar el discurso se dio cuenta que el rey podría decir algo inoportuno porque se había dejado llevar por el ambiente. Es más, ordenó al gobernador civil que prohibiera toda comunicación telegráfica o telefónica del discurso real. Pero lo más interesante del acto no sería el exceso alcohólico en sí. Es más, los que conocieron el verdadero discurso no aludieron nunca a esa cuestión, siempre según Prieto, sino a que lo pronunciado podía interpretarse como un anuncio de la futura Dictadura. De la Cierva negaría esto en el Congreso en ese momento, pero luego, en realidad, con lo que escribió en Biarritz parecía dejar claro todo lo contrario.

Posteriormente, Prieto alude en su artículo a cómo De la Cierva aceptó ser miembro de la Asamblea Consultiva de Primo de Rivera. En la Comisión encargada de elaborar un texto constitucional, De la Cierva defendió un régimen bicameral, las facultades privativas de la Corona respecto al nombramiento del Gobierno, entrando en debate con Gabriel Maura, que se decantó por una cámara única y un Consejo del Reino poderoso que intervendría en el nombramiento del jefe del Gobierno. Además, Gabriel Maura había confesado que el rey estaba dispuesto a que se mermasen sus poderes si fuera necesario, aunque De la Cierva siempre fue contrario a esto. Pero Prieto aludía a estas cuestiones, por otro lado, sin consecuencias en la práctica, por la conversación que De la Cierva mantuvo con Alfonso XIII en materia constitucional sobre la posibilidad de que se pudiera nombrar un Gobierno socialista con el proyecto de la Asamblea y/o con la Constitución de 1876, y que el político murciano incluyó en su libro. De la Cierva quería demostrar que el rey estaba dispuesto a que el Partido Socialista pudiera desenvolverse dentro de la Monarquía, aunque al autor le parecía que era imposible que hubiera un Gobierno de ese signo político porque las ideas socialistas no prevalecerían en España. A Prieto no le constaba esa idea del rey, aunque aprovechaba para afirmar que, en cambio, estaba muy seguro que Primo de Rivera sí hubiera querido tener un ministro socialista en su Directorio.

Los capítulos finales del libro estaban dedicados a la crisis terminal de la Monarquía, donde sabemos que De la Cierva tuvo un evidente protagonismo. En el libro el autor quería dejar muy claro que fue el único que luchó porque el rey no se fuera, por reprimir lo que estaba ocurriendo en la calle. Para Prieto no cabía duda de esta afirmación. Al parecer, el rey le contestó que lo que ocurría es que en España había algunos que no veían “más allá de sus narices”. Esto hizo reaccionar a De la Cierva y afirmar que sus palabras quedaban borradas en el acto, es decir, las de resistir. Pero Prieto terminaba el artículo afirmando que esa promesa había durado bien poco, porque las había escrito al año siguiente en sus notas, las que habían servido para publicar el libro autobiográfico.


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