Vandervelde en Madrid en 1912. Segunda Parte


Emile Vandervelde (Ixelles, 25 de enero de 1866 - ibídem, 27 de diciembre de 1938) fue un abogado y político belga, diputado desde 1894, dirigente de la Segunda Internacional desde 1889 y ministro en diversas ocasiones / Dominio público Emile Vandervelde (Ixelles, 25 de enero de 1866 - ibídem, 27 de diciembre de 1938) fue un abogado y político belga, diputado desde 1894, dirigente de la Segunda Internacional desde 1889 y ministro en diversas ocasiones / Dominio público

Vandervelde pronunció una conferencia en el Ateneo en su visita a España en 1912 sobre el socialismo y la libertad, sumamente didáctica, como era propio de la época. El acto se vio envuelto en la polémica. El presidente del Ateneo, el liberal Segismundo Moret, había estipulado que la conferencia solamente sería para los socios del Ateneo, seguramente para evitar que acudieran trabajadores socialistas. El PSOE denunció este hecho en el número 1381 (27 de septiembre) en el artículo en el que se hizo la crónica de la conferencia. Además, se criticaba a los ateneístas jóvenes que presumían de rebeldes y con su ausencia habían contribuido a que no se llenara el salón. Los socialistas consideraban que había sido un desaire a un personaje de la talla de Vandervelde, diputado y presidente de la Segunda Internacional.

El conferenciante explicó que el fin del socialismo era socializar la riqueza y su explotación por la colectividad. La libertad era, para nuestro protagonista, más difícil de definir, y tendría que ver con hacer lo que fuese bueno. Si para los capitalistas la colectivización era mala, para los colectivistas la peor tiranía era el capitalismo. Ante este conflicto habría que explicar lo que se entendía por “libertad realizada”, por “libertad real”, porque, para el orador, no existía la “libertad abstracta”, sino libertades asociadas a determinados aspectos, como libertad de cultos, de asociación, de reunión, etc., en el seno de las respectivas Constituciones. Las libertades no existían, realmente, hasta que no existía el poder para ejecutarlas. Ponía el ejemplo de un partido político que si no contaba medios para imprimir periódicos o libros para propagar sus ideas de poco servía que en la Constitución de su país se reconociese la libertad de prensa. Para ejercer la libertad, decía Vandervelde, había que ser propietario en el sistema capitalista. La Revolución francesa había consagrado como base de la libertad la propiedad individual, pero los socialistas pretendían que esa base fuese colectiva. Se fueron estableciendo límites a la libertad de unos en provecho de otros mientras que la concentración progresiva del capital fue convirtiendo la libertad en patrimonio de una minoría.

Una de las críticas fundamentales que se hacía al socialismo era que, al pretender transferir a la colectividad, los medios de producción pasaban a manos del Estado y, de ese modo, se hacía dueño de la libertad individual. Para contestar a esta crítica, el dirigente socialista belga distinguía entre Estado como conjunto de ciudadanos y Estado como Gobierno. Si la transferencia de los medios de producción se hacía al Gobierno se caminaba hacia la tiranía. Como en ese momento, Estado y Gobierno estaban en las mismas manos, la transferencia, sin limitación alguna, quedaría en manos de la clase dominante. Por eso, los socialistas al socializar la producción introducirían cambios fundamentales. En primer lugar, sería el Gobierno del proletariado “por el proletariado mismo” y, en segundo lugar, se separaría el Estado económico del político. Los socialistas serían los principales enemigos del Estado en cuanto que no representaba al proletariado, por eso eran más reacios a los Gobiernos ruso o alemán porque sus proyectos de monopolios económicos atacaban a las libertades; en cambio, en Francia o en Suiza los socialistas desconfían menos del Estado porque ofrecían más garantías para la libertad.

Para Vandervelde la reforma política debía preceder a la social, pero un Estado democrático, que es el Gobierno, no podía estar preparado para la organización de los servicios técnicos. El Estado-Gobierno sería muy distinto al Estado-Administración, que es lo que pretenderían los socialistas, es decir, estaban luchando por separar la política de la técnica y la gestión financiera con el fin de que las ganancias fueran invertidas en favor de la colectividad. La fusión del Estado político y del económico sería una de las causas del fin de la libertad individual. El día en que se verificase la separación de ambos se podría reducir al mínimo el poder del Estado-Gobierno y elevar al máximo el Estado-Administración con el fin de terminar con el gasto en armamento, dada la preocupación en aquel momento de la paz armada, y aumento en obras públicas, comunicaciones, etc..

Para comprobar cómo sería el Estado socialista había que fijarse en el funcionamiento de las cooperativas socialistas. En este tipo de Estado no sería necesario el denominado Estado gendarme.

Vandervelde se empeñó en demostrar que el socialismo no era la negación de la libertad. Para ello expuso la cuestión desde los puntos de vista del productor y del consumidor. La libertad de este último en el régimen socialista no podría ser nunca menor que en el régimen capitalista. Se solía objetar esta libertad en el caso de que el Estado, por ejemplo, explotase servicios públicos como la prensa. Pero, empleando ejemplos como el de los taquígrafos de los parlamentos y del Servicio de Correos, que cumplían fielmente sus funciones y donde una violación era imposible dado el nivel de conciencia de la democracia. Vandervelde no dudaba que un “Estado tipógrafo” fuese menos escrupuloso en relación con la industria del libro y la prensa. Además, consideraba que la conciencia del pueblo socialista exigiría la libertad.

Desde el punto de vista del productor se consideraba una abominación convertir al ciudadano en funcionario en el socialismo, pero este funcionario socialista no sería del Gobierno sino de la industria.

La reglamentación del trabajo colectivo se hacía necesaria. Dicha reglamentación debía ser hecha por el Estado y no por el patrono, aunque, en realidad en el pleno socialismo la reglamentación debía ser emprendida por los propios trabajadores, en una clara alusión a la sociedad sin clases ni Estado, al final de todo el proceso. En un régimen socialista los menos libres serán los capitalistas, los ricos, los que en el momento presente hacían lo que querían. La reglamentación, en fin, no era enemiga de la libertad. Tampoco lo sería de los artistas e intelectuales. En realidad, en el sistema capitalista su libertad estaba limitada por el capital y por el Gobierno. Si el genio se había podido desenvolver trabajando para los conventos y los palacios, y ponía como ejemplo a los maestros de la pintura española, no le parecía que en el nuevo régimen no pudieran trabajar en libertad.

Vandervelde terminaba anunciando que los ideales de la Revolución Francesa de Libertad, Igualdad y Fraternidad se realizarían, realmente, con el triunfo del socialismo.

Este discurso recoge, como podemos ver en la defensa de lo administrativo, evidentes influencias del fabianismo, aunque también habría que aludir a que aún no se conocía lo que podía ocurrir cuando se estableciese realmente la dictadura del proletariado, como se tendría ocasión de comprobar con el triunfo de los bolcheviques. En todo caso, la conferencia planteaba cuestiones candentes de aquel momento y del presente sobre las relaciones entre libertad y socialismo, de ahí el interés de la misma.

No sabemos exactamente cuando terminó la estancia de Vandervelde en Madrid. Aunque se informó que había venido para asistir al Congreso del PSOE en los primeros días de octubre, no lo hizo, ya que no aparece en la nómina de delegados y visitantes. En todo caso, la visita de Vandervelde supuso un hito en la Historia del reconocimiento del PSOE en la familia socialista internacional.


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