El federalismo en el PSOE hasta 1979


Madrid, 30-9-1979.- Felipe González Marquez resultó reelegido secretario general del PSOE en el Congreso Extraordinario del Partido Socialista Obrero Español, por un 85´9 por ciento de los delegados. Felipe González dimitió en el XXVIII Congreso celebrado en Mayo, En la foto, la nueva Comisión Ejecutiva, Ramón Rubial (izq de González) y Alfonso Guerra (dcha) continuaron en la presidencia y vicesecretaría. EFE/aa Madrid, 30-9-1979.- Felipe González Marquez resultó reelegido secretario general del PSOE en el Congreso Extraordinario del Partido Socialista Obrero Español, por un 85´9 por ciento de los delegados. Felipe González dimitió en el XXVIII Congreso celebrado en Mayo, En la foto, la nueva Comisión Ejecutiva, Ramón Rubial (izq de González) y Alfonso Guerra (dcha) continuaron en la presidencia y vicesecretaría. EFE/aa

De manera mayoritaria, el PSOE tenía una tradición histórica centralista, para muchos hasta jacobina, si bien había reconocido la existencia diferenciada de pueblos con identidad diferenciada que podían conseguir la autonomía, dentro de una única soberanía nacional.

En 1918 el catedrático y sucesor de hecho en el liderazgo del partido, Julián Besteiro, había apoyado la propuesta de la agrupación catalana de Reus que concebía España como una Confederación Republicana de Nacionalidades Ibéricas. Esta resolución no había tenido consecuencias prácticas, produciéndose pocos años después la escisión de los socialistas catalanistas. Algunas otras agrupaciones del PSOE, sobre todo de la España periférica, se habían impregnado de una cultura federalista, claramente en decadencia durante los años de la segunda república. En todo caso, dentro del llamado Estado integral republicano la autonomía era una concesión descentralizadora y se concebía como excepción más que como algo generalizado para todas las regiones españolas. La corriente política y parlamentaria del PSOE, liderada por Indalecio Prieto, apoyó la concesión de estatutos de autonomía para Cataluña en 1932 y el País Vasco y Galicia en 1936. La derrota republicana trajo consigo un redescubrimiento del sentimiento patriótico entre los exiliados socialistas, que contemplaba los estatutos de autonomía republicanos como el máximo que se podía conceder a los nacionalismos. Aunque tras la muerte de Prieto fue recuperado en un congreso del PSOE en 1964 la fórmula de España como confederación republicana, la cultura federalista fue mucho más algo externo al PSOE que impregnó a las nuevas organizaciones socialistas. Solamente, diez años después, con ocasión del Congreso de Suresnes el PSOE retocó su idea de España como “república federal de nacionalidades”, que podrían ejercer el derecho de autodeterminación, sin olvidar la autonomía de las regiones. Además de tratar de integrar al neosocialismo representado en la Conferencia Socialista Ibérica, hay que tener en cuenta que las federaciones vascas constituían el núcleo principal del PSOE clandestino, colaborando estrechamente con el nacionalismo vasco, que, para entonces, competía con una militante izquierda “abertzale”. Los planteamientos republicanos federales fueron refrendados por la Plataforma de Convergencia Democrática en 1975 y por el Congreso del PSOE en diciembre de 1976.

La lucha por la “liberación” de las nacionalidades se concebía como un elemento más del combate por la democracia frente al centralismo franquista e, incluso, como la forma de organización territorial de Estado dentro de la lucha del “pueblo trabajador” por la construcción de una sociedad socialista autogestionaria. Sin embargo, da la sensación que para los principales dirigentes del PSOE renovado la cuestión territorial era un elemento central de la estrategia para alcanzar la hegemonía en la izquierda y, después de 1977 y hasta 1981, para llegar al poder. Hay que tener en cuenta que el PSOE ganó las elecciones de 1977 en territorios como el País Vasco, Cataluña, País Valenciano y Andalucía con crecientes sentimientos identitarios.

No se puede decir, no obstante, que la postura de la dirección socialista era meramente oportunista, sino que sufrió una evolución en función de los avatares de la política de la transición. Un momento clave fue la reunión de Sigüenza de agosto de 1977, que reveló las divergencias del núcleo dirigente y de los intelectuales afines antes de la absorción de los nuevos grupos federalistas y/o nacionalistas. Alfonso Guerra tuvo dudas sobre si la política del partido debía impulsar a fondo la dinámica autonómica inclinándose inicialmente por mantener el principio federal dentro de una idea de autonomía para todos los territorios sin distinguir entre nacionalidades y “regionalidades”. El sector crítico, representado por Pablo Castellano y Luis Gómez Llorente, insistió en mantener el proyecto federal no sólo como principio, algo que Felipe González no consideró viable dentro de la “vieja dama” de la correlación de fuerzas en unas Cortes salidas de la ley para la Reforma Política. Los catedráticos de derecho político explicaron la contradicción entre el proyecto federal y la descentralización autonómica, y sus dudas sobre la distinción entre territorios. Al final, se impuso la sensibilidad de Peces Barba, apoyada por González, para apoyar la distinción entre nacionalidades y regiones, abandonando el federalismo salvo como aspiración.

El ponente constitucional incluso terminaría apelando retóricamente a la idea de España como nación de naciones, que defendía el dirigente de los miembros del PSOE en México, Anselmo Carretero, un federalismo historicista, que tenía ciertas concomitancias con el pensamiento regionalista conservador. Sin embargo, como ha estudiado Andrea Geniola, la idea plurinacional de Carretero, que no distinguía entre nacionalidades y regiones, no fue aprobada en los congresos del PSOE en 1976 y 1979, sustituyéndose el derecho de autodeterminación por el apoyo al autogobierno de todos los territorios. El consenso constitucional aceptado por los socialistas terminó definiendo un modelo unitario descentralizado en el existía la unidad de una nación soberana, aunque plural al distinguir entre nacionalidades y regiones.

Pocos meses antes de la aprobación del texto constitucional se había producido la unidad socialista, absorbiendo al PSP y una fracción de USO ligada a Reconstrucción Socialista, y a sectores de los socialistas valencianistas, aragonesistas y galleguistas. La única refundación propiamente dicha fue la del socialismo en Cataluña, que reunió a la federación catalana del PSOE, el PSC Congrés y el PSC Reagrupament, con predominio de los seguidores de los catalanistas Joan Reventós y Raimon Obiols. En apariencia, la entrada de estos millares de nuevos afiliados reforzó la cultura federalista en el seno del PSOE y tuvo influencia en la crisis del partido en 1979, que veremos más adelante. En cualquier caso, el federalismo que incluyese el principio de la autodeterminación terminó siendo expulsado de las resoluciones de los partidos territoriales del PSOE como partido federal, con la notable excepción del Partit dels Socialistes Catalans (PSC-PSOE).

Hasta 1980, en gran medida como imitación de lo que ocurría en las nacionalidades históricas que habían disfrutado en el pasado de un estatuto de autonomía, las federaciones del PSOE en Aragón, Baleares, Canarias, Andalucía, Valencia e incluso Extremadura reivindicaron el acceso pleno a la autonomía, como establecía el artículo 151 de la Constitución.

La nueva dirección salida del congreso de septiembre de 1979, en el que Felipe González regresó a la secretaria general, pronto puso coto a buena parte de estas aspiraciones, dentro de la lógica de la escasa convicción federalista mantenida por el partido en el debate constitucional y la necesidad de armonizar el desarrollo autonómico.


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