El Periódico | 1886
     Suscríbase gratis
actualizado 11:10 AM UTC, May 26, 2017

Clara Campoamor Rodríguez


Clara Campoamor Rodríguez. | Foto de la Fundación Pablo Iglesias Clara Campoamor Rodríguez. | Foto de la Fundación Pablo Iglesias

Nació en Madrid el 12 de febrero de 1888, en el barrio de Maravillas, en el seno de una familia modesta de origen montañés. Fallecido su padre – empleado de un periódico – cuando Clara apenas contaba 10 años, la situación económica familiar la obligó a dejar sus estudios y ponerse a trabajar como modista, dependienta o empleada de Telégrafos, en cuyo Cuerpo ingresó en 1909, destinada en Zaragoza, para ser trasladada más tarde a San Sebastián.

Continuó mientras tanto preparando otras oposiciones, hasta obtener en 1914 una plaza en el Ministerio de Instrucción Pública como profesora de Taquigrafía y Mecanografía en la Escuela de Adultos de Madrid, alternando el cargo con sus colaboraciones en varios diarios: “La Tribuna” – en el que también trabajó como secretaria –, “Nuevo Heraldo”, “El Sol” y “El Tiempo”. Su dedicación a estos trabajos no la apartó de su inclinación al estudio, pues comenzó el bachillerato en el Instituto Cisneros de Madrid en 1921, terminándolo en Cuenca en 1923. Estudió francés, simultaneando también sus trabajos con alguna traducción. Comenzó a interesarse por los problemas sociales, participando en la fundación de la Sociedad Española de Abolicionismo, opuesta a la pena capital y a la prostitución. Inició sus estudios de Derecho en la Universidad de Oviedo, para pasar después a Murcia y terminar su licenciatura en Madrid.

Conectó con la Escuela Nueva y con organizaciones de fuera de país, obteniendo en 1924 su ingreso en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación. En 1925 ingresó en el Colegio de Abogados, comenzando inmediatamente su intervención ante los tribunales, para lo que abrió despacho en la madrileña plaza del Príncipe Alfonso (hoy de Santa Ana). Rechazó el nombramiento para la Junta del Ateneo que le otorgó Primo de Rivera, contra quien se pronunció, lo que le obligó a pedir la excedencia en su cargo de Instrucción Pública. Asimismo declinó la invitación que le hizo el ministro de Trabajo, Eduardo Aunós, para formar parte de los Comités Paritarios madrileños. Colaboradora del Lyceum Club en 1928, fundó con abogadas de otros países europeos la Federación Internacional de Mujeres Juristas. Entre 1928 y 1929 fue delegada del Tribunal de Menores, trabajando con Victoria Kent y Matilde Huici, y colaboradora de “Estampa” y del diario “La Libertad”, en el que lleva la sección “Mujeres de hoy”, donde repasaba las vidas de figuras femeninas. En 1930 contribuyó a fundar la Liga Femenia Española por la Paz. Hasta 1930, “Clarita”, como la llamaban sus compañeros, desarrolló una intensa labor en la Academia de Jurisprudencia, habiendo recibido en 1928 el nombramiento de “Académico Profesor”. Se dedicó de manera especial al estudio de la situación jurídica de la mujer española. En mayo de 1931 fue elegida secretaria de actas de la Asociación Española de Derecho Internacional. Posiblemente miembro de la masonería, asiste a la logia Reivindicación de Madrid.

En 1929 se inició en la política, formando con Matilde Huici el comité organizador de la Agrupación Liberal Socialista, cuya efímera vida la llevó a enrolarse, de la mano de Martín Jara, en las filas de Acción Republicana, grupo político que aún no constituía partido. Cuando se transformó en tal, Clara salió de él para afiliarse al Partido Radical, en cuya representación formó parte de la candidatura republicano socialista en 1931 – por el voto pasivo –, para las Cortes constituyentes de la República. Resultó elegida diputada por Madrid con un total de 52.731 votos, convirtiéndose el 1 de septiembre en la primera mujer que intervino en la Cámara de Diputados. Mujer activa y de palabra fácil, desarrolló una intensa labor en los dos años de estas primeras Cortes republicanas, llegando a fundar la Unión Republicana Femenina, para contrarrestar el ambiente adverso que existía respecto a la concesión del voto de la mujer. Formó parte de la Comisión constitucional, así como de la de Trabajo y Previsión, de la que fue Vicepresidenta. Intervino en el debate de varios artículos, sobre todo cuando éstos hacían referencia a la mujer, como su defensa a ultranza de la concesión del sufragio femenino sin ningún tipo de limitaciones – en contra de su propio partido –, pese a la posibilidad que pudiera existir de que se inclinase a favor de los partidos de derechas. El enfrentamiento dialéctico que al respecto mantuvo con Victoria Kent el 1 de octubre de 1931 atrajo la atención del país, por lo que de inusitado tenía tal acontecimiento en España. Partidaria esta última de reconocerle a la mujer su derecho electoral, pero con ciertas limitaciones prácticas, la Cámara acabó dando su apoyo a la postura de la Campoamor.

Presentó también dos proposiciones: una emisión de sellos de correo con la efigie de Mariana Pineda – de quien el día 26 de mayo de 1931 se había cumplido el centenario de su ejecución – y la concesión de un crédito de 25.000 pesetas para terminar el monumento madrileño a Concepción Arenal. Durante el bienio 1931-33 fue también delegada de España ante la Sociedad de Naciones, pronunciando conferencias en la Asociación Femenina de Educación Cívica, de María Lejarraga, y siendo nombrada vocal del Patronato de Protección de la Mujer. Tras la aprobación de la ley del Divorcio en 1932, que contó con su importante aportación, se convirtió en una especialista de este tema, ocupándose profesionalmente de muchos de estos casos, como los célebres del de la escritora Concha Espina de su marido Ramón de la Serna y Cueto, y el de Josefina Blanco, esposa del escritor Ramón María del Valle Inclán. En 1932 fue vicepresidenta de la Liga de los Derechos del Hombre, organización muy vinculada a la masonería. No fue nunca muy popular. De espíritu fuerte, radical y decidido, siempre trató de figurar en los órganos de dirección de las organizaciones en las que militó. De ahí debe de provenir la frase despectiva de Jiménez de Asúa, que la calificó como “descarada trepadora”. Azaña tampoco la tuvo en buen concepto. A pesar de toda su actividad desarrollada dentro y fuera de la Cámara, las elecciones de 1933 le fueron adversas. No sólo no logró renovar su acta de diputada, sino que hubo de sufrir las críticas de la prensa de izquierdas que le acusó de ser la única culpable de la victoria de las derechas por su empeño en otorgar el voto a la mujer. Ella replicó que la derrota había sido debida a la escisión producida dentro del bloque republicano, así como a la ineficacia del gobierno en determinados aspectos.

A pesar de su revés electoral, en diciembre de 1933 fue nombrada por Lerroux Directora General de Beneficencia y Asuntos Sociales, cargo que mantuvo hasta octubre de 1934 en que dimitió por discrepancias con el ministro, si bien acudió a Ginebra, como delegada gubernativa suplente, a la Conferencia Internacional del Trabajo. En octubre, durante la revolución de Asturias, marchó a Oviedo con el fin de socorrer a los niños de los mineros muertos o encarcelados. La dura represión llevada a cabo por el gobierno la indujo a abandonar el partido radical en febrero de 1935, lo que originó una importante difusión de su carta de dimisión en todos los medios por sus críticas a la labor gubernamental. Fue nombrada entonces presidenta de la organización Pro Infancia Obrera, dedicada a atender y a colocar a los niños asturianos, víctimas inocentes de la crisis de octubre. Solicitó su ingreso en el partido de Casares Quiroga, Izquierda Republicana, siéndole denegada la solicitud, por lo que decidió abandonar su actividad política. En 1935 dejó también la Unión Republicana Femenina que fundara, al no concederle el Frente Popular el acta electoral que en su representación solicitara. En los primeros meses de 1936 publicó “Mi pecado mortal. El voto femenino y yo”, para justificar su postura, y “El derecho femenino en España”.

Abatida ante la situación creada, y tan alejada de fascismo como del comunismo por su condición de liberal, Clara decidió abandonar Madrid a principios de septiembre de 1936, junto con su anciana madre y una sobrina. Embarcaron en Alicante, llegando a Génova donde fueron detenidas por unas horas, para dejarlas continuar viaje y llegar a Lausana, donde escribió y publicó “La revolution espagnole vue para una republicaine”. En 1938 se instaló en Argentina donde, al no poder ejercer la abogacía, hubo de vivir dedicada a dar conferencias y a investigar historia de la Literatura, escribiendo obras como “La situación jurídica de la mujer española” (1938), “Sor Juana Inés de la Cruz” y “Obra de Quevedo”, editadas ambas en 1945. En julio de 1939, finalizada la guerra, la Junta de Gobierno de la Academia de Jurisprudencia acordó su baja por ausencia. Hasta 1955, intentó repetidas veces regresar a España, pero la acusación que pesaba sobre ella de pertenecer a la francmasonería impidió su asentamiento definitivo. Ese año abandonó Argentina para instalarse de manera definitiva en Lausana, donde trabajó en un bufete ejerciendo la abogacía hasta que se quedó ciega. Años después, un cáncer termina con su vida, falleciendo en abril de 1972 a los 84 años.

En 1955 dejó Buenos Aires para regresar a Lausana, donde murió el 30 de abril de 1972, tras vivir sus últimos años en una profunda nostalgia. Fue enterrada en el cementerio de Polloe, en San Sebastián, según su propia decisión.

Fuentes.- Clara Campoamor: “Mi pecado mortal. El voto femenino y yo”; Clara Campoamor: “La revolución española vista por una republicana”; Concha Fagoaga y Paloma Saavedra: “Clara Campoamor, la sufragista española”; Natividad Ortiz: “Las mujeres en la Masonería”; José Antonio Molero: Revista Gibralfaro, nº 56; Notas biográficas del archivo de Eusebio Lucia Olmos.