1975: otro aniversario (Franco contra Pablo Iglesias)

E n aquel año de 1975 se cumplía el cincuenta aniversario de la muerte de Pablo Iglesias (1850-1925), día nueve de diciembre. En la revista Sistema, que veníamos publicando (Revista de Ciencias Sociales) desde enero de 1973, nos pareció oportuno y necesario intentar aprovechar de modo coherente tal fecha conmemorativa del medio siglo -que era, a su vez, la de los ciento veinticinco años de su nacimiento, el diez y siete de octubre- para editar un número sobre las ideas políticas y las actividades públicas del fundador del Partido Socialista Obrero Español. A tal fin, desde meses antes, haciendo caso omiso de incertidumbres y dificultades (estábamos en el que luego resultaría ser último año, hasta el veinte de noviembre, de la vida de Franco y también de su régimen), en Sistema nos pusimos a la tarea de preparar y organizar dicho volumen de recuerdo, estudio y homenaje, contando con el concurso de destacados especialistas e investigadores.
El buen resultado fue, en efecto, la aparición del número once de la revista expresamente presentado como (así podía leerse en el frontispicio mismo de él) “Número monográfico sobre Pablo Iglesias en el cincuenta aniversario de su muerte”: lleva la fecha de octubre de 1975, pero ya algo antes, a finales de septiembre, había quedado hecho el, por ley, preceptivo, obligatorio, depósito en las dependencias del denominado Ministerio de Información e iniciada su distribución a los suscriptores. El sumario se abría con el conocido escrito (primero, conferencia) que en 1926 Julián Besteiro había publicado sobre la obra de Pablo Iglesias; a él seguían, al hilo de la biografía de este, las bien seleccionadas y contextualizadas “notas sobre un dirigente obrero” de Enrique Moral y el trabajo muy documentado de Antonio Elorza en el que lleva a cabo un riguroso análisis teórico e histórico sobre los esquemas socialistas de aquel; el volumen se completaba, hasta las más de doscientas páginas, con una valiosa Antología de textos de Pablo Iglesias, presentada y seleccionada por Aquilino González Neira, así como el adelanto de una detallada clasificación de los numerosísimos artículos de prensa publicados por aquel, ardua tarea llevada a cabo por Luis Arranz, Mercedes Cabrera, Antonio Elorza (él fue coautor muy principal de este número de Sistema), Lidia Meijide, José Muñagorri y otros colaboradores; cerraba el número una muy cuidada y útil cronología preparada por Alfonso Ruiz Miguel. La revista se editaba entonces en el marco de la Fundación Fondo Social Universitario que presidía (como también Cuadernos para el Diálogo) Joaquín Ruiz-Giménez; el director de ella era, ya se habrá adivinado o recordado, el autor ahora de estas líneas y José Félix Tezanos ejercía como muy eficaz secretario, bien asesorados ambos por un amplio Consejo de, entonces, jóvenes profesores, filósofos, gentes de ciencias sociales y otros prestigiosos profesionales.
Junto a ese número de Sistema algunas cosas más, no muchas, se publicaron aquí sobre (o de) Pablo Iglesias en ese año conmemorativo de 1975, varias de ellas bordeando ya los inicios de 1976 con sus mejores expectativas. Antes se habían reeditado únicamente, en 1968, la conocida biografía política de aquel (Educador de muchedumbres) hecha en 1931 por Juan José Morato, y, en 1969, (reducida) la de Julián Zugazagoitia en su versión también de 1931. Hasta entonces había las referencias en obras de carácter más general sobre el socialismo español o sobre otros intelectuales y políticos más relacionados con él a que luego aludiré. Pero de manera más directa e inmediata sobre su pensamiento, sus escritos y su acción política, prácticamente nada más teníamos desde la guerra civil: tras ella, “en el interior del país se hizo el silencio sobre la figura y la obra del fundador del Partido Socialista”, señalaba Manuel Pérez Ledesma precisamente en el muy significativo prólogo a su edición de Escritos de Pablo Iglesias que iba a aparecer en ese 1975.
Allí mismo (p.34) recordaba aquel las muy escasas contribuciones habidas en el mencionado cincuentenario: algún artículo de Tierno Galván, Victor Manuel Arbeloa o Antonio Padilla Bolivar y poco más; sin olvidar que también aparecería en ese año la obra, clarificadora, del propio Pérez Ledesma sobre Pensamiento socialista español a principios de siglo, y la tesis doctoral de María Teresa Martínez de Sas, El Socialismo y la España oficial: Pablo Iglesias, diputado a las Cortes. Pero entre lo más relevante estaría sin duda la publicación de esos Escritos de Pablo Iglesias, en edición a cargo de Santiago Castillo y Manuel Pérez Ledesma de un primer volumen formado fundamentalmente por los artículos de aquel recogidos en Reformismo social y lucha de clases, de 1935, y Propaganda socialista, de 1919, así como por otras notas, discursos y cartas, junto a un segundo volumen compuesto por sus escritos en la prensa socialista y liberal (1870-1925) con selección y estudio preliminar de Luis Arranz y los mencionados autores que ya habían adelantado en Sistema la clasificación cronológica y sistemática de los mismos, ahora con una nueva Introducción de Antonio Elorza. Un poco después ya en 1976, aparecía la versión de la biografía de 1925 por Julián Zugazagoitia, Pablo Iglesias: una vida heróica, seguida aquí de una correspondencia inédita con Enrique de Francisco, Edición e ilustrativa Introducción de Juan Pablo Fusi.

T ambién en ese mismo número de Sistema (o en mi libro de entonces, Pensamiento español en la era de Franco, Cuadernos para el Diálogo, 1974) podía encontrarse amplia información acerca de esas publicaciones de aquellos años sobre la historia del socialismo español y las áreas de la realidad política y social a él más conectadas. Además de los nombres antes ya mencionados, algunos de ellos autores de obras imprescindibles para todos esos temas, y junto a reediciones de clásicos (Anselmo Lorenzo, Federico Urales, Jaime Vera, Andrés Saborit, etc) recordaría aquí, en elenco para nada exhaustivo, los trabajos, por ejemplo, de Manuel Tuñón de Lara, Albert Balcells, José Termes, David Ruiz, José Alvarez Junco, Marta Bizcarrondo, María del Carmen Iglesias, Tomás Giménez Araya, Juan Trias Vejarano, Luis Gómez Llorente, Carlos Blanco Aguinaga, Rafael Pérez de la Dehesa, Raúl Morodo, Emilio Lamo de Espinosa, Virgilio Zapatero y otros, yo mismo, anteriores a ese 1975. (Para más datos, nombres y obras de entonces puede consultarse, entre otros, en ese libro mío el epígrafe “Para una recuperación de la historia del socialismo español”, pp 176-181).
Como se ve, se habían ido pudiendo publicar algunas cosas de y sobre el socialismo español y su historia (otras muchas, de entre las más cercanas, no) en esas últimas fases del régimen franquista: incluso a veces habían aparecido en la Revista de Trabajo que editaba la Secretaría General Técnica de ese Ministerio (rojos infiltrados). Ya no estábamos, se aducía desde ciertas instancias oficiales, en aquellos lejanos primeros tiempos de la dictadura, en la defensa del totalitarismo nazi-fascista, en el odio a las democracias, al liberalismo, al pluralismo cultural, a las heterodoxias religiosas y filosóficas que, todas ellas, se presentaban y querían verse como lógicas e irreversibles vías hacia el comunismo o la anarquía. De este modo, en la oposición, denunciando los enmascaramientos pseudodemocráticos del régimen, puede decirse que contábamos también con esos cambios y posibilidades, a pesar del retroceso y endurecimiento de la represión que se había producido desde el “estado de excepción” de enero de 1969: y así actuamos, por ejemplo, en la revista Sistema cuando preparábamos -primavera del 75- ese número conmemorativo sobre Pablo Iglesias; y con esa buena, confiada y democrática voluntad lo publicamos.
Sin embargo, la dura realidad institucional se nos imponía tozuda, o sea arbitraria e irracionalmente, una vez más: con fecha dos de octubre “el Iltmo. Sr. Magistrado, Juez del Juzgado de Orden Público” cursaba cédula de citación personal al director de la revista Sistema para comparecer ante él como “presunto inculpado” (sumario 1412-75) “bajo apercibimiento -rezan siempre estas cédulas- de que si no comparece ni justifica causa legitima que se lo impida, esta orden de comparecencia podrá convertirse en una orden de detención”. Así lo hice inmediatamente, bien acompañado y aconsejado por mis abogados defensores y cómplices amigos los profesores Gregorio Peces Barba y Enrique Gimbernat, manifestándonos el Juez Sr. Gómez Chaparro que la inculpación se hacía en efecto a causa de la publicación de ese número de la revista Sistema, ya que en él -tuvimos que oír- podría haber materia delictiva entre la tipificada en los artículos cuarto y diez del recientísimo “Decreto-ley 10/1975 de 26 de agosto (Jefatura del Estado) sobre prevención del terrorismo”. La tal norma contravenía los más elementales principios jurídicos de la modernidad, no respetaba los pactos internacionales sobre garantías y derechos, atentaba contra las más fundadas convicciones y concepciones acerca de la justicia, incluso violaba las legalidades retóricas y grandilocuentes del “Fuero de los españoles”: léase el muy razonado y bien argumentado “recurso de contrafuero” por entonces interpuesto sin éxito por Joaquín Ruiz-Giménez y otros miembros de “Justicia y Paz”. El Juez asímismo tuvo a bien indicarnos, lo recuerdo perfectamente, que el asunto, el tema, la acusación -y señalaba con el dedo- “venía de arriba”: interpretamos que sería desde algún miembro del Gobierno, posiblemente el ministro de Justicia, no sé si a su vez instado, como en otras ocasiones, por algunos sectores o miembros concretos del estamento docente de la Universidad frecuentes colaboradores de aquel en delaciones de disidencias y en denuncias de heterodoxias políticas e ideológicas.

E l hecho es que, de una forma y otra, se nos amenazaba con hacer entrar en juego nada menos que el susodicho inicuo decreto-ley antiterrorista promulgado en un alto clima de tensión en ese agosto de 1975. En tal disposición normativa, posiblemente hasta ilegal, tras un largo preámbulo en el que repetida y expresamente se identificaba, de modo totalmente ilegítimo, al régimen franquista como un Estado de Derecho, se daba después paso a un arbitrario articulado en principio y más directamente referido, es cierto, a los delitos propiamente de terrorismo para los que los artículos primero y segundo imponían (y así se hizo) la pena de muerte. Pero involucrado a su vez confusamente con todo ello, el ya citado y alegado artículo cuatro tras señalar, entre otras cosas, que “declarados fuera de la ley, los grupos u organizaciones comunistas, anarquistas, separatistas y aquellos otros que preconicen o empleen la violencia como instrumentos de acción política y social” (...) establecía -y ahí es donde podía entrar toda la oposición democrática y, en este caso, el director de Sistema- que “a quienes, por cualquier medio, realizaren propaganda de los anteriores grupos u organizaciones que vaya dirigida a promover o difundir sus actividades, se les impondrá una pena correspondiente a tal delito en su grado máximo”. Por otra parte, asímismo podría resultar incurso, para acabar de rematar la faena, en el artículo diez que dictaminaba: “los que, públicamente, sea de modo claro o encubierto, defendieren o estimularen aquellas ideologías a que se refiere el artículo cuarto de esta disposición legal” (comunistas y demás) “serán castigados con la pena de prisión menor, multa de cincuenta mil a quinientas mil pesetas e inhabilitación especial para el ejercicio de funciones públicas y para las docentes, públicas o privadas”.
El Juez Goméz Chaparro y después también el Fiscal Jefe de Orden Público, don Eugenio Antonio Herrera, nos hicieron saber -eso sí, reconozco que con buenos modales y educada actitud- que la causa de la inculpación había sido quizás impulsada por la especial “hipersensibilidad” con que se estaban viviendo aquellos momentos en nuestro país. En efecto, a finales de aquel septiembre -recuerdese- habían tenido lugar los fusilamientos, las ejecuciones de los miembros activos de ETA y FRAP (Frente Revolucionario Antifascista Patriótico) condenados sumarísimamente y sin las necesarias garantías; y, precisamente, el día anterior (mi cédula de citación llevaba fecha del dos) se había producido el múltiple asesinato obra del oscuro grupo terrorista que por vez primera aparecía públicamente como GRAPO (Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre). Sí, eran días de gran, máxima, tensión, por desgracia como tantos otros anteriores y posteriores a ellos, de especial desesperanza y pesadumbre para todos los demócratas contrarios al terrorismo y a la pena de muerte. Pero lo que no alcanzábamos a comprender, mejor dicho a aceptar ni justificar, es que tenía que ver Pablo Iglesias o los profesores socialistas de Sistema con todo aquello. Lo que, desde luego, veíamos muy claro es que tal decreto-ley supuestamente antiterrorista era a la vez (no sé si sobre todo), un decreto-ley antidemocrático y enemigo de la libertad de pensamiento y de expresión. Así es como operan las dictaduras aunque se disfracen, por lo demás, inútilmente, como Estado de Derecho.

P arecía con todo ello como si ahora, en 1975, se quisieran volver a resucitar contra Pablo Iglesias los viejos fantasmas del pasado, aquellos furibundos ataques e invectivas que en 1912 los sectores más reaccionarios de la prensa y la clase política habían dirigido contra el fundador del PSOE, entonces recién elegido diputado a Cortes: intentaban culpabilizarle a toda costa por el asesinato de Canalejas, aprovechándose de una expresión aislada y no muy afortunada ( sobre el “atentado personal”) que aquel había pronunciado en 1910, influido emocionalmente por los sucesos de la Semana Trágica, la condena y ejecución de Ferrer y los inicios de la guerra de Marruecos, con objeto de frenar la perniciosa vuelta de Maura al poder: pueden verse sobre tales circunstancias y en acertada interpretación, entre otros, los citados escritos de Morato (pp. 148 y 173) o de Juan Pablo Fusi (pp 19 y 22). Aunque a la vez de repudiar de nuevo a Pablo Iglesias como terrorista, el Gobierno de su paisano, el también ferrolano Francisco Franco, con más corta perspectiva histórica y con efectos mucho más próximos e inmediatos, lo que en realidad buscaba con esas y otras incriminaciones de aquellos momentos era acosar, tratar de amedrentar y hacer callar como fuera a toda la oposición democrática. Lo que, por el contrario, se ponía así una vez más de manifiesto es que las leyes de aquel falsario Estado de Derecho, además de no tener de ningún modo su origen en el soberanía popular, eran lo suficientemente ambiguas y arbitrarias (la analogía penal por doquier) como para que quedase instaurada y asegurada la total inseguridad jurídica a través de las oportunas interpretaciones que ciertos jueces, escuchando a los de “arriba” y alegando “hipersensibilidad”, pudieran obtener para la defensa de la dictadura y la negación de las libertades y los derechos fundamentales.
Así estaban las cosas, otras mucho peor, en aquellos duros y negros inicios de octubre de 1975, cuando hacia mediados de mes comenzaron a circular los primeros rumores, las primeras fiables noticias sobre la grave enfermedad del general superlativo (como lo denominó luego Tomás y Valiente), el acabamiento del Jefe de aquel antidemocrático Estado. Y así hasta aquel inolvidable 20 de noviembre, mientras Franco, ya desahuciado, era sometido sin piedad a operación tras operación, negándose sus contumaces adictos a aceptar lo que en verdad y después de tantos años a todos nos parecía imposible: su muerte y su desaparición de la vida política española y -salvo como ejemplo y paradigna del “nunca más”- también de nuestras propias vidas personales. Quedarían, quedan, sin duda, restos del franquismo, pero las cosas empezaron de verdad a cambiar. Y, a pequeña escala, por descontado que después del tan esperado “hecho biológico”, de aquel sumario 1412-75 contra el número de Sistema dedicado a Pablo Iglesias tampoco nunca más se volvió a saber: me libraba, nos librábamos de él. Así terminó el franquismo, casi (simbólicamente) como había empezado, con sangre, fusilamientos, manifestaciones y protestas de gobiernos y ciudadanos libres de otros muchos países, con persecuciones contra los demócratas, estudiantes, obreros, profesionales, intelectuales. Pero Franco había muerto y el futuro, otro futuro, podía al fin comenzar


Elías Díaz
Texto tomado del libro "Homenaje a Pablo Iglesias".Madrid, Fundación Pablo Iglesias, 1979.