Pablo Iglesias en el aniversario de un fundador

L os aniversarios son una excelente ocasión para recuperar memoria. Y tal vez sea la falta de memoria, rayana en la amnesia, uno de los rasgos de la España que desde 1978 estamos construyendo. Mala cosa; porque las sociedades se nutren también de sus tradiciones, su cultura, sus narraciones....su historia. Por eso aprovechar los aniversarios -por fuerza frecuentes en un viejo país como el nuestro- para hacer ejercicios de memoria, puede ayudar a construir mejor la España del futuro. En este caso, además, el aniversario no es el de un personaje oscuro que transitara por las orillas de nuestra historia y que apenas dejó huella. Es el 150 aniversario del nacimiento de Pablo Iglesias, el fundador del socialismo español y una de las personalidades más decisivas de la España del siglo XX. Bien merece, pues, aprovechar el acontecimiento para rescatar su recuerdo, su pensamiento y su trayectoria. Tal es el marco de esta edición de las Obras Completas que acomete la Fundación Pablo Iglesias.
A los volúmenes dedicados a los escritos, artículos e intervenciones parlamentarias, se añaden ahora estos dedicados a la correspondencia de Pablo Iglesias. Esta no podría falta en unas obras completas, pues atender la correspondencia fue una de las actividades a las que dedicó más tiempo. Al final de la jornada, tras cumplir con sus obligaciones parlamentarias o visitar las más alejadas agrupaciones socialistas, enfermo en muchas ocasiones, extenuado por los viajes y los mítines, Pablo Iglesias se encerraba hasta las tres o las cuatro de la madrugada para contestar las cartas recibidas o escribir a algún correligionario. Se ha calculado en 43.800 las cartas escritas de su puño y letra. No está aquí toda la correspondencia, claro está, pues mucha se ha perdido en medio de la atormentada y cruel historia de la España del siglo XX. Pero las 404 cartas que aquí se incluyen son una excelente muestra de lo que debió suponer de esfuerzo para Pablo Iglesias y de orientación y aliento para una organización que estaba naciendo en un medio un tanto hostil.

De los cincuenta y dos destinatarios de estas cartas, una parte relevante de los mismos son los líderes del movimiento socialista internacional. Ahí están, en una emocionante cercanía, el "estimado maestro" o "ciudadano Federico Engels" - que le pide que, por favor, le siga tuteando- o Jules Guesde, Paul Lafargue, Karl Kausky, W. Liebknecht o Albert Thomas. El lector de estas cartas podrá leer, entre otros interesantes documentos, los informes que Pablo Iglesias remite a Engels que, a veces, terminan con unos "cariñosos recuerdos a Aveling, la hija de Marx"; o las cartas a Liebknecht para recordar a este el compromiso de enviarle el texto y la música de la Internacional; o la petición de un permiso a Karl Kaustsky para que Oscar Pérez Solís, "ese capitán de artillería de Valladolid" pueda traducir al castellano el Chemin au Pouvoir. Es así como los grandes líderes de la Internacional se asoman, a través de estas cartas, a la vida no sólo de Pablo Iglesias sino del socialismo español.

P ero la correspondencia más sustanciosa es la que mantuvo con los líderes obreros. Son cartas hacia el interior del Partido; cartas para animar a los que flaquean, alentar a los militantes perseguidos, pedir informes sobre la marcha de la organización, poner sobre aviso frente a las tentaciones del poderoso anarquismo, sugerir suscripciones para EL SOCIALISTA o llamar la atención a ciertos correligionarios. Las cartas nos muestran esa atmósfera, a veces un tanto ensimismada, del socialismo español; pero al mismo tiempo ponen de manifiesto el talante pedagógico de este educador de muchedumbres que quiere una organización seria, dispuesta a basar su estrategia en los datos de la realidad: "no sólo quiero saber las mejoras alcanzadas por los obreros -escribe el 26 de junio de 1903- sino lo que les ha costado obtenerlas, el tiempo que las disfrutan y los individuos a quienes alcanzan. En una palabra, la mayor suma de datos". Datos de la realidad española y respeto a los compañeros es lo que se necesitaba: "creo, como tú, que hay que educar bien a los del monte para lo cual no ha de hablárseles apenas de sentimiento y sí mucho, todo cuanto permita su estado mental, a la razón". Sólo así, con rigor, con educación y seriedad, huyendo de aventurerismos - "sólo por cosas gordas debemos exponernos a perder la libertad"- se podría construir ese gran partido que, cuando llegara el momento, pudiera hacer realidad su propio proyecto de liberación económica, social y política para España.

A veces, se ha acusado a Pablo Iglesias de hacer del PSOE un partido huraño y al que el mito de la revolución final le impedía centrarse en la solución de los problemas estrictamente nacionales. Y, sin embargo, a sus cartas se asoma toda una época rebosante de acontecimientos transcendentales: desde los primeros momentos de la Restauración hasta la Dictadura de Primo de Rivera, pasando por el llamado "Desastre del 98", la Conjunción Republicano Socialista, las aventuras africanas, la Gran Guerra o la huelga general revolucionaria. Y aquí, en la intimidad de las cartas, que habían de leerse con cierta emoción religiosa en cada Casa del Pueblo, el fundador del Partido Socialista iba interpretando para sus compañeros los grandes acontecimientos de la historia de España y marcando la línea a seguir. Les explicaba, por ejemplo, cuán grande sería para España la pérdida de Cuba; pero les exponía también que si a "los hijos de Cuba" les parecía insuficiente la autonomía y reclamaban la independencia "perdiéramos o no perdiéramos, no teníamos derecho a obligarles a vivir de un modo que no les agradaba". Otras veces ponía en guardia sobre la falta de fundamento de las ilusiones que había despertado Canalejas, "ese falso radical" sin escrúpulos a la hora de alcanzar el poder y sometido a la tutela del Ejército. En ocasiones tenía que defender, frente a las críticas, la estrategia de la Conjunción Republicano Socialista que si no hubiera existido "nosotros no habríamos obtenido dos victorias" en las últimas elecciones. Explicaba a Besteiro hasta qué punto la Gran Guerra repercutiría en la política nacional española y se lamentaba de la miopía de la Corona y de sus consejeros que habían dejado pasar la oportunidad que supuso la huelga general revolucionaria de 1917 de regenerar el sistema de la Restauración: "Ya habéis visto -escribe a Besteiro, Largo, Saborit y Anguiano presos en el penal de Cartagena- la solución de la crisis. Arriba no quieren ir a unas Cortes Constituyentes, y mi opinión es que si se fuera a ellas se votaba a la Monarquía. Para que unas Cortes Constituyentes traigan la República es necesario que convoque aquellas un Gobierno revolucionario. Las Cortes, cualesquiera que fueran que traiga un Gobierno bajo el actual régimen, no derribarán a este. La corona o quienes la aconsejan no ha tenido talento en esta ocasión -casi nunca lo han demostrado". Las cartas, escritas posiblemente a altas horas de la madrugada, que enviaba para orientar a los todavía escasos correligionarios, ponen de manifiesto el interés y el compromiso con los problemas de España.

Hay un tercer destinatario de las cartas: los intelectuales que comenzaron a acercarse al Partido Socialista. Las cartas también obligan a matizar el cliché de un partido socialista obrerista, hosco y reticente ante los intelectuales. Basta con leer la correspondencia cruzada con Dorado Montero o Miguel de Unamuno. Al primero le escribía el 24 de mayo de 1894 para animarle a ingresar en el Partido Socialista: "Celebro muchísimo que el Socialismo tenga en usted un buen soldado. Ahora, le dice, no falta más que, sino que imitando a Ulibarri y Vera y otros, entre usted a formar parte de la organización socialista". Y pocos meses más tarde -en diciembre- daba la bienvenida a Miguel de Unamuno con un "Estimado correligionario... Excuso decirle que su ingreso en el Partido Socialista me ha causado un verdadero placer como lo experimentaré siempre que vea venir a las filas emancipadoras hombres del campo intelectual". Tal vez llevará razón Ortega y Gasset cuando afirmó años más tarde que el problema de España no estaba tanto en el pueblo como en sus elites.

Pero mejor que sea el propio lector el que se adentre en estos centenares de cartas y haga ese ejercicio de memoria que nos debe permitir recuperar parte de nuestra historia; posiblemente la parte más noble, más ambiciosa y moderna; la más generosa e integradora. Y tal vez al terminar la última carta de estas 404 que aquí se transcriben, el lector quiera recordar conmigo los versos de Goethe: Dichoso aquel que recuerda con agrado a sus antepasados; Que gustosamente habla de sus acciones y de su grandeza; Y que serenamente se alegra viéndose al final de tan hermosa fila.

Felipe González
(Presentación de los volúmenes 5 y 6 -Correspondencia (1888-1925)- de la colección Obras Completas de Pablo Iglesias)