Una nube para Pablo Iglesias M i padre era republicano. Mejor dicho, mi padre era de Azaña. Alguna vez me leyó fragmentos de El jardín de los frailes. Yo estaba mentalizado - como se dice ahora - para emocionarme, cuando comenzó el asedio a Madrid, con aquellas palabras de Azaña: "y en Madrid, donde nunca pasaba nada, pasa hoy lo más grande de la historia". Mi padre era republicano, muy liberal y respetuoso con todos, y por ello no trató jamás de hacerme republicano. Ni me habló de política, sino de algún ser concreto, como Azaña. Seguramente no mencionó jamás el nombre de Pablo Iglesias. Pero ese nombre existía, vagamente, para mí. Era el nombre de alguna avenida de alguna ciudad española. Existía su imagen: un hombre de barba blanca y mirada bondadosa que se me confundía con otras imágenes: la del arquitecto Gaudí, la del filántropo Marqués de Valdecilla. Yo me enteré que había sido tipógrafo, lo que me lo aproximaba al Julián de La Verbena de la Paloma. A los 14 años míos, Pablo Iglesias era una imagen borrosa, un antepasado romántico de otros seres bien concretos cuyos nombres y apariencia física - gracias a los periódicos - tenían una realidad para mí: Prieto, Largo Caballero, el de los ojos claros, Besteiro, don Fernando de los Ríos, el de los ojos oscuros y barba semítica y juanramoniana. Pablo Iglesias era, además de muchas avenidas en muchas ciudades españolas, además de un antepasado de unos seres concretos, un arma arrojadiza utilizada por quienes, en la década de los treinta, trataban de mantener las esencias más puras de aquel socialismo que, en 1879, había conmovido a un Madrid donde nunca pasaba nada. Pablo Iglesias era, para mí, una incógnita que debía ser despejada. Era un demonio revolucionario. Era un santo laico cuyo nombre sonaba beatamente en labios obreros y socialistas. Estas versiones, tan disímiles, me lo convertían en una figura lejana y decorativa, en un ser arqueológico más que en un punto de partida hacia el futuro. H ay una biografía suya que debes leer", me dijo alguien. Pero eso sucedería más tarde, cuando yo tenía diecisiete años o dieciocho. Cuando me lo dijeron había que hablar muy secretamente de Pablo Iglesias, de Largo Caballero, de Besteiro, de Fernando de los Ríos. Cuando todos ellos no eran otra cosa que recuerdo, remoto o próximo. Si yo hubiese hallado esa biografía, la hubiese leído con ese placer de lo clandestino y prohibido. Ocurría esto cuando Besteiro, preso, era increpado por sus compañeros de prisión porque "por tí estamos aquí". Y yo pensaba si Pablo Iglesias, muerto en olor de multitud, no habría padecido la pena de escuchar palabras semejantes en caso de estar vivo en 1939. Sus ojos bondadosos me hacían pensar que él también hubiese creído las palabras de quienes aseguraban que "sólo serán castigados los que tengan las manos manchadas de sangre". Pero no era posible prever las reacciones de un ser, un mito, que había concienciado a la clase obrera española, los Julianes de finales de siglo. Me faltaban datos para aventurarme en esa tarea de recomponer lo que pudo haber sido. |
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