Pablo Iglesias hoy

R econsiderar cómo fue el socialismo vivido por Pablo Iglesias nos hace pensar inevitablemente en las profundas diferencias que existen con respecto al socialismo europeo actual.
Creemos que no conviene rehuir la consideración de estas diferencias, ni eludir el tema aludiendo sólo al legado moral de Pablo Iglesias, como si lo único vigente de su vida y de su obra fuesen sólo sus ejemplares virtudes ético-cívicas. Por el contrario, conviene esclarecer -siquiera sea en lo más fundamental- cuáles son esas diferencias, y en qué consiste la continuidad de actitudes y planteamientos, pues ello afecta a la definición de nuestra propia identidad, al tiempo que nos ayuda a saber en qué sentido y en qué medida siguen siendo socialistas las entidades que él tan laboriosamente contribuyó a crear.
Pablo Iglesias fue ciertamente un demócrata, un defensor de los más débiles, y de la igualdad entre los sexos, un acérrimo partidario del laicismo, y un pacifista militante, cuyas campañas contra las guerras coloniales de Cuba y Filipinas, y luego contra la Guerra de Marruecos, fueron memorables. Pero si sólo hubiera sido eso, cabrían todos sus ideales bajo otras banderas de la época, como las del republicanismo al estilo Pi y Margall. Si sólo hubiera sido eso, no habría sentido la necesidad de crear ni el Partido Socialista Obrero, ni un sindicato como la UGT de vocación revolucionaria.
Pablo Iglesias, por su formación , marxista, estaba convencido además, como todos los líderes que fundaron la IIª Internacional, de que la emancipación del trabajo o extinción de la explotación humana requería superar el capitalismo como régimen de producción y establecer la socialización de los bienes productivos. Asimismo, conforme muestran los textos de estos paneles, pensaba que del Parlamento podían obtenerse mejoras importantes para la clase trabajadora, pero que los ideales últimos del socialismo no se realizarían por vía parlamentaria. Pensaba igualmente que la Iglesia, y que los aparatos represivos o coactivos de la sociedad eran inherentes a la sociedad de clase, y que -en definitiva- la verdadera libertad real del ser humano, tanto de las necesidades materiales, como de su espíritu, sólo serían posibles en una sociedad socialista. Era rigurosamente fiel a las tesis del materialismo histórico, a la teoría de la lucha de clases, y con gran energía dio la réplica a las condiciones vejatorias y miserables a que estaba sometida la clase trabajadora.
Setenta y cinco años después de su muerte no podemos limitarnos a recordarle simplemente con gratitud histórica por haber puesto en marcha un formidable movimiento de resistencia obrera, de cuyos frutos sociales somos beneficiarios, ni tampoco limitarnos a rendirle admiración por la ejemplar coherencia de que hizo gala entre el pensamiento y la acción.
Sin menoscabo de esos reconocimientos, es preciso constatar que buena parte de sus ideas y planteamientos han sido rebasados por cambios y mejoras sociales que en gran parte se deben principalmente al tipo de luchas que él mismo inició, y a las exigencias que suscitaron aquellos socialistas en los inicios de la centuria que ahora concluye. De ahí que el socialismo actual tenga rasgos diferenciales importantes, y siga sin embargo fiel a los mismos criterios de inspiración que alentaron la obra de Pablo Iglesias.
Las dos diferencias fundamentales que distinguen al socialismo de la segunda mitad del siglo XX con respecto al socialismo de la época clásica de la IIª Internacional, conciernen a los objetivos de la reforma social, y a los métodos preconizados para conseguirlos.
Para conseguir un razonable bienestar de los trabajadores la socialdemocracia fue configurando el llamado Estado de Bienestar, o Estado redistribuidor de las rentas, de tal suerte que la regulación de las condiciones del trabajo, los mecanismos de Seguridad Social, y la extensión de eficientes servicios públicos, garantizasen a todos unas condiciones mínimas de subsistencia digna.
Lo que a principios de siglo se consideraba sólo como paliativos y como conquistas parciales que animaran el impulso del movimiento fueron tomando tal envergadura al compás del desarrollo económico, como para descubrir que por ese camino evolutivo era posible alcanzar un modelo de vida aceptable, tanto más valioso cuanto que se hacia compatible con un amplio ejercicio de las libertades individuales.
El objetivo de la socialización de los bienes productivos, (de lo que se consideraba como un anticipo parcial la política de nacionalizaciones), fue cediendo al objetivo de constituir sólidamente el Estado redistribuidor. En lugar de socializar las fuentes de riqueza, se puso mayor énfasis en socializar (por vía fiscal) aquella parte de las rentas producidas que fuera preciso para sostener los servicios sociales.
El fundamento en los ideales socialistas del Estado de Bienestar es obvio. Dado un sistema fiscal progresivo, todos contribuirán a su sostenimiento en proporción directa a las rentas de cada cual, beneficiándose cada uno de los ciudadanos no según la aportación hecha, sino según sus necesidades.
El Estado redistribuidor venía a realizar -en lo más necesario al menos- el añorado principio: "De cada cual según sus capacidades; a cada cual según sus necesidades".
De este modo la socialdemocracia quiso hacer compatible por un lado lo que la propiedad privada y el mercado pudieran tener de estímulo positivo para la creación de riqueza, y por otro una razonable regulación jurídica de las relaciones laborales, la garantía estatal de unos servicios accesibles a todos independientemente de su suerte en el mercado, así como un sistema digno de jubilaciones, y atención a los desvalidos.
La asignación de recursos para la cobertura de estos fines sociales sería determinada por el Parlamento en vía presupuestaria para cada ejercicio, de tal modo que el espacio del sector público -no regido por criterios de lucro empresarial, sino de mera utilidad social- fuese corrector de las desigualdades menos tolerables generadas en el ámbito regido por las leyes del mercado.
Los grandes objetivos del socialismo, la cobertura mediante la solidaridad social de las necesidades primarias -materiales e intelectuales- de cada uno, se realizaban progresivamente a través del también llamado por ello Estado providencia.
En el ámbito de la salud y de la educación se consiguieron ciertamente logros casi inimaginables a principios de siglo. En cuanto a facilitar el acceso a la habitación se dieron pasos significativos bajo la égida de algunas administraciones socialdemócratas a escala estatal o municipal.
Es ese modelo de sociedad que excluye del campo competitivo la garantía de algunos elementos básicos de bienestar para todos, y que fija límites jurídicos adecuados en el mercado del trabajo, descansó la paz social europea durante la segunda mitad del siglo XX, y por ello resultan tan inquietantes las tendencias reductoras del papel del Estado, la pretensión neoliberal del Estado mínimo, o las tendencias desreguladoras que vuelvan a dejar en la intemperie del mercado a los vendedores de trabajo.

L a segunda diferencia fundamental concierne a la metodología del cambio transformador del orden social.
La profundización o autentificación de las instituciones representativas de la voluntad popular, en el marco del libre ejercicio de las libertades amparado por el régimen constitucional, permitió concebir que tales instituciones, y el acceso por vía electoral a los Gobiernos, constituiría el procedimiento más ordenado, menos costoso, y más seguro, para lograr -aunque paulatinamente- los cambios apetecidos.
La profunda vocación constitucionalista de la socialdemocracia, el hacerse adalid de los derechos humanos en su integridad, se arraigó más profundamente al comprobar por una parte las transformaciones positivas que se iban consiguiendo mediante las instituciones del Estado social de derecho, y por otra el advertir las crueldades en que degeneraron los sistemas totalitarios de la época de entreguerras. Ambas cosas determinaron que la socialdemocracia confirmase su inequívoca opción por la defensa de las libertades públicas y por la vía de las instituciones representativas.
Con ello se redimensionaba el papel de los sindicatos, confiriéndoles no sólo su tradicional misión de defensa de los intereses de los trabajadores, de dirigir los conflictos sociales, y de negociar las condiciones de trabajo no reguladas por la ley, sino también la de representar a los trabajadores en las instituciones participativas propias de la democracia social. Los sindicatos, sin pérdida de su autonomía organizativa, pasaron a estar presentes en el entramado de corporaciones abiertas a la participación social. Incluso se planteó bajo el influjo de los ideales autogestionarios esa forma de profundización en el uso cívico de las libertades que es la democracia participativa.
Todo el profundo giro operado en torno a la valoración de las instituciones políticas hubiera carecido en gran parte de sentido y de eficacia si no se hubiera realizado, simultáneamente, en gran parte otro de los más apreciados objetivos del socialismo: la emancipación de la mujer.
Abolir las desigualdades de género no sólo supone un imperativo ineludible de justicia en orden a la seguridad y el bienestar individual; es además una condición imprescindible de progreso social. Toda la sociedad progresa en tanto que la mujer se incorpora en pie de igualdad a la educación y al mundo del trabajo, haciéndose plenamente consciente de sus derechos laborales y cívicos, y haciéndose por ello mismo solidaria en las luchas del progreso social. Sin este fenómeno emancipador de la mujer no hubiera podido hablarse de una verdadera autentificación de la democracia.
Por otra parte, no podemos dejar de tener en cuenta otro cambio fundamental operado en el último medio siglo, cual es el nuevo escenario internacional condicionante de las políticas socialdemócratas. Pablo Iglesias vivió en un contexto fuerte de soberanía de los Estados europeos, sobre todo de las potencias; en una época de colonialismo, y consecuentemente de exacerbado belicismo, y supo dar la réplica asumiendo y practicando las posturas antibelicistas y anticolonialistas de la IIª Internacional.
Ahora el contexto es muy distinto. Tras una prolongada fase de confrontación bipolar, en el curso de la cual se produjo una cierta descolonización, la socialdemocracia tienen que hacer frente a las dificultades derivadas de las globalización, y tiene que plantear la defensa y la consolidación del Estado de Bienestar concertando políticas en el nuevo marco de la Unión Europea. Su internacionalismo, adquiere al mismo tiempo y principalmente la dimensión de luchar contra la pavorosa desigualdad entre los pueblos.
Asimismo, se hace patente en la segunda mitad del siglo que un modelo de desarrollo capitalista salvaje es incompatible con la conservación del medio ambiente, emergiendo la evidente necesidad de la planificación y de imponer límites al negocio privado para asegurar la subsistencia colectiva. De nuevo se advirtió que los más serios problemas ecológicos sólo pueden tener solución a escala mundial, de donde se deriva que los partidarios de racionalizar la economía según criterios de utilidad social, hayan de considerar como cuestión prioritaria el cambio perceptivo de las actuales instituciones internacionales.
Siendo, pues, los objetivos y los métodos tan distintos, cabe preguntarnos por dónde discurre el hilo de continuidad que inspira permanentemente a las organizaciones fundadas por Iglesias , y en qué se fundamenta substancialmente la identidad socialista.
Ese nexo puede buscarse, más allá de los símbolos, de las personalidades paradigmáticas, y de ciertas características organizativas, amén de una larga historia, (que también son importantes valores unitivos), en algunas ideas básicas sobre los conceptos de libertad e igualdad. Lo demás son estrategias mudadizas.
Una constante del pensamiento socialista es desde sus orígenes la critica al concepto liberal de la libertad.
El liberalismo, con todo lo que de positivo tuvo en su momento histórico, afirmó un valioso conjunto de libertades o derechos del individuo, y preconizó las instituciones de un régimen político concebido para proteger y garantizar el uso de esas libertades frente al poder del Estado y de la Iglesia. De ahí su lucha contra el absolutismo y contra los privilegios eclesiásticos. Su fruto es el Estado demoliberal, la separación de poderes y el laicismo.
El pensamiento socialista advierte que la libertad real de los seres humanos no sólo puede verse amenazada o anulada por los poderes públicos, sino que la libertad también puede sucumbir bajo la coacción económica, bajo el poder que engendra la riqueza de quienes tienen en demasía sobre los que carecen de lo necesario.
El socialismo afirma que la libertad no se garantiza suficientemente por el mero hecho de proclamar un repertorio de derechos civiles, y ni aun siquiera por garantizarlos jurídicamente.
La libertad ha de afirmarse ciertamente frente a todo poder autocrático, pero para que la libertad de todos sea real, es preciso también liberar a los seres humanos de la miseria, de la enfermedad, de la ignorancia, de la inseguridad, del infortunio.
La conquista de estas condiciones precisas para ejercitar la libertad, para que ésta no sea de hecho el privilegio de unos pocos, requiere introducir en la sociedad ciertas condiciones en el régimen de producción y distribución y de la riqueza.
El contrato social no es sólo un pacto de no agresión entre los particulares que confiere al Estado el monopolio de la fuerza para garantizar la propiedad y el libre uso de los bienes, sino que el contrato social ha de ser también un pacto de solidaridad en virtud del cual la sociedad exige a todos que contribuyan, pero garantiza a todos sus miembros un cierto bienestar y una seguridad que cimenten el ejercicio efectivo de la libertad. Sin ello la libertad es para la mayoría un apura entelequia.
El orden económico tiene que someterse a los fines superiores de la comunidad política, y para garantizarlo es preciso que la sociedad pueda ejercer un control efectivo sobre el uso de los bienes materiales. De otro modo la minoría que acumula la propiedad de los recursos necesarios para la subsistencia de todos impone su voluntad oligárquica a la mayoría. No existirá democracia plena, ni suficiente garantía real de las libertades, en tanto se substraiga al dominio de la voluntad popular, y de sus legítimos representantes, la dirección y el control sobre el uso y circulación de la riqueza.
Quienes absolutizan la autonomía del mercado y someten todas las relaciones económicas a la ley del máximo lucro con mínimo coste, atomizan la sociedad artificialmente, e impiden aplicar los criterios de racionalidad en la asignación de recursos en que se ha fundado el progreso intelectual, social, y moral de la cultura.
La otra constante del pensamiento socialista es su aspiración de igualdad, y su critica al enteco concepto de igualdad característico del liberalismo.
Nunca les pareció suficiente a los pensadores socialistas la igualdad de derechos o igualdad ante la ley. Más aún, creyeron que ésta tampoco sería jamás efectivamente real en una sociedad donde las desigualdades económicas permitieran la prepotencia y dominación de los más pudientes.
Desde los orígenes del socialismo se viene afirmando que la igualdad entre los hombres significa no sólo igualdad de derechos, abolición de privilegios, sino también abolición de las formas de dominación y explotación que pueden derivarse del uso despótico e incontrolado de la propiedad.
La historia práctica del socialismo ha sido en cierto modo la historia de una lucha por la conquista de derechos inalienables de los trabajadores, por leyes protectoras que limitasen el poder empresarial, y simultáneamente por el establecimiento de servicios públicos que complementasen las percepciones salariales. Salario individual según el mérito, capacidad, dedicación y riesgo del trabajador/a y "salario social" según las necesidades personales y familiares de cada persona.
Frente a quienes consideran como un desideratum la llamada "igualdad de oportunidades" los socialistas han afirmado que la igualdad de condiciones para competir no es suficiente garantía de un orden social justo.
La "igualdad de oportunidades", convencionalmente entendida como forma de legitimar la desigualdad de resultados en la competición, no puede ser aceptada si deviene en que unos acumulan lo superfluo y otros carezcan de lo imprescindible.
De ahí que el acceso a determinados bienes no pueda ser algo competitivo o concursivo. Todos tienen que tener acceso a la cultura, a la salud, al alimento, a la habitación, por lo menos en condiciones de digna subsistencia. En tanto esto no suceda, no está satisfecho el ideal igualitario del socialismo.
Todos tienen que tener acceso al trabajo. Poder trabajar o no tener algún trabajo tampoco puede ser concursivo, y en tanto no esté garantizado el trabajo para todos, la sociedad tiene que indemnizar de algún modo a quienes margina del ejercicio del derecho al trabajo. La protección del desempleo, no es -pues- algo caritativo, sino un imperativo de justicia.
La dramática y creciente desigualdad entre los pueblos, más acentuada que la desigualdad interna de las naciones desarrolladas, reclama urgentemente actuaciones tan enérgicas como las que en otro tiempo supieron los socialistas adoptar frente al colonialismo, reclamando el derecho de los pueblos a su autogobierno.
Estos criterios, los ideales de libertad y de igualdad reelaborados por el pensamiento socialista constituyen quizá el más íntimo nexo que liga en una sola identidad todas las épocas de las organizaciones fundadas por Pablo Iglesias, que no sólo se consideran legítimas herederas de un paradigma ético-cívico, de sus convicciones democráticas, de sus enérgicas actitudes antibelicistas, de su pasión por la defensa de los oprimidos, sino que pretenden -pese a errores o tropiezos- mantener intacto, y transmitir a las nuevas generaciones, aquel sentido irrenunciable de igual libertad para todos los ciudadanos.

Texto recogido de la publicación "Pablo Iglesias 1850-1925: Perfiles de su vida y pensamiento" que recoge las fotos y los textos de la Exposición organizada por la Fundación Pablo Iglesias, UGT y la Escuela Julián Besteiro

Luis Gómez Llórente