Pablo Iglesias y el progreso de España
A l celebrarse en este año el sesquicentenario del nacimiento de Pablo Iglesias, y el septuagésimo quinto aniversario de su muerte, pensamos que es una buena oportunidad para reflexionar brevemente sobre el legado del fundador por antonomasia del socialismo español.
Al contemplar la obra de este tipógrafo, que por toda enseñanza contó con dos años de aprendizaje del oficio en los talleres del Hospicio madrileño, más las esporádicas clases nocturnas para obreros que pudo seguir en su juventud, sorprende la pervivencia más que centenaria del Partido Socialista Obrero Español y de la Unión General de Trabajadores. Instituciones ambas, que además de ser las más veteranas de España en su campo, siguen jugando un papel institucional de primer orden dentro de nuestro sistema democrático.
Esta parte del legado de Pablo Iglesias es, sin duda, la más conocida y reconocida. Es por ello que en estas cuartillas vamos a referirnos a un aspecto poco conocido de la labor del dirigente socialista y que, sin embargo, constituyó un esfuerzo singularísimo cuyas benéficas consecuencias han contribuido en buena parte al progreso de nuestro país. Nos referimos al notable esfuerzo modernizador que desplegó durante la mayor parte de su existencia como dirigente político y sindical.
Para respetar los límites de este artículo, nos referiremos exclusivamente a dos aspectos básicos de las sociedades contemporáneas: la educación y la posición de la mujer.
Formado en las filas de la Asociación Internacional de Trabajadores, donde tuvo la oportunidad de conocer a las máximas figuras del socialismo como Marx y Engels, con el que sostuvo una interesante relación epistolar, fue consciente desde muy temprano de la importancia suprema que para la sociedad en general, y para los trabajadores en particular significaban la educación, la formación y la cultura.
La España de finales del siglo XIX, en la que inicia su andadura el socialismo hispano, era un país notablemente atrasado, con un 70% de analfabetos, una gran masa de niños y jóvenes sin escolarizar, con graves carencias en el magisterio y una población mayoritariamente asentada en el medio rural. La enseñanza pública, durante la Restauración, no constituyó pese a sus lacerantes carencias una preocupación destacada para los gobiernos turnantes. Las partidas presupuestarias destinadas a educación, retribución del profesorado y construcción de centros escolares llamaban la atención por su exigüidad.
No hacía falta ser un profundo conocedor de los principios de la lucha de clases, como era el caso de Pablo Iglesias, para percatarse de que las clases superiores de la sociedad española no carecían de este servicio esencial, mientras que los trabajadores y los campesinos eran los principales perjudicados por tan imperdonables carencias. Ante esta situación, la labor de Iglesias se desarrolló en una doble vertiente. Desde la prensa y desde la tribuna política primero, y más tarde desde el escaño parlamentario no dejó de denunciar tan penosa situación, reclamando insistentemente la actuación urgente de los poderes públicos. En el plano interno de las organizaciones socialistas por otra parte, dio curso desde las Casas del Pueblo a todo tipo de iniciativas con el fin de paliar, en la medida de sus limitadas posibilidades, tan escandalosas carencias.
De esta forma, los centros obreros socialistas, que desde muy pronto fueron extendiéndose por toda la geografía nacional, además de albergar a las entidades políticas y a los sindicatos, se fueron constituyendo en auténticos espacios de educación y formación en los que funcionaban, con carácter gratuito, escuelas laicas, escuelas para adultos, orfeones, grupos de danza y teatro, entidades deportivas y asociaciones educativas de diverso género, que abarcaban desde la formación profesional hasta la enseñanza del esperanto. Estas actividades más o menos regladas, se veían complementadas con la existencia de una surtida biblioteca, cuyo contenido de carácter vario no se limitaba a la literatura política, y la proliferación de conferencias y coloquios en los que, con frecuencia, ocupaban la tribuna notables profesores, médicos, escritores y personalidades del mundo cultural que, sin compartir en muchos casos los postulados socialistas, tenían a gala y aceptaban como un honor el dirigirse a un auditorio obrero desde el estrado de las Casas del Pueblo.
A esta labor, que sin duda fructificaría más tarde, dedicó Iglesias buena parte de sus energías como organizador y como orador, lo que no en balde le valió el honroso título de educador de muchedumbres.
Como socialista, era muy consciente de que la situación de incultura y atraso en que los gobernantes mantenían a los trabajadores facilitaba su explotación. Pero como hombre avanzado, que estudiaba con interés la marcha de los países más desarrollados y la situación allí de sus clases obreras, no dejó de fustigar la ceguera y el atraso de unas clases dominantes que ignoraban a su vez el carácter negativo que aquella situación que intentaban perpetuar producía directamente en el resultado de sus actividades económicas.
M ostrando una actitud tan clarividente y progresiva en su tiempo, como también prácticamente aislada, exponía el 26 de noviembre de 1912 en el Congreso de los Diputados, dirigiéndose al Presidente del Gobierno, a la sazón el conde de Romanones, que invirtiendo más en educación "ganaríamos todos con ello porque aunque existe una clase explotadora y otra explotada, a los mismos explotadores les conviene que aquellos individuos sean los más instruidos que quepa y más competentes". Y añadía : "Para la producción no vale lo mismo el obrero inculto, que no sabe nada, que el que sabe; el producto que éste elabora será siempre más perfecto".
Pero además de luchar por la mejora de la enseñanza, incluyendo el incremento de las retribuciones dignas que percibía el magisterio, también se ocupó Iglesias ampliamente de una notable faceta modernizadora, la elevación de la educación cívica y política para transformar a las masas de obreros subordinados y dependientes en auténticos ciudadanos conscientes de sus derechos y de sus obligaciones. También en esto, la ceguera tanto de los gobernantes como de las clases dirigentes, prefería mantener un electorado ignorante, pobre y manipulable -tan necesitado como para que la venta de su voto por cinco pesetas o un mal jergón le supusiera un verdadero alivio- en su deplorable situación. No se daban cuenta de que con ello se corrompía la voluntad popular, se socavaban las instituciones y se aceleraba, como de hecho sucedió, la descomposición del sistema constitucional vigente al que el propio monarca, en 1923, dio el golpe de gracia al respaldar el pronunciamiento militar de Primo de Rivera.
La práctica del "pucherazo" y la proliferación de todo tipo de fraudes electorales no fue exclusiva de nuestro país. Si bien, en la España de la Restauración ni se trató de evitar ni tampoco, a diferencia de otras naciones europeas cercanas, se hizo el menor esfuerzo por parte de nuestra oligarquía para integrar en el sistema a las fuerzas políticas más avanzadas tanto de la burguesía como de la clase trabajadora.
Pero además de procurar progresos por el lado institucional, Pablo Iglesias consiguió también destacados avances en el plano individual. Con notable esfuerzo, procuró que la mayoría de los trabajadores de la ciudad y del campo tomaran conciencia de que con la abstención que predicaban los apóstoles del libertarismo anárquico, desentendiéndose del protagonismo político que les correspondía, ellos serían los más directamente perjudicados.
En lo que a la mujer se refiere, las decisiones que desde el campo socialista se tomaron, así como los principios igualitarios que defendieron y divulgaron, puede decirse con justicia que supusieron en su época una puesta al día de tal envergadura, que tan sólo en estas últimas décadas se ha conseguido en buena parte llevarlos a la práctica.
En una sociedad que asumía como un valor inalterable la supeditación de la mujer y su dependencia prácticamente total del varón, con independencia incluso de sus posibilidades económicas, los postulados socialistas propugnados por Pablo Iglesias supusieron un aldabonazo e incluso, para la Iglesia católica, un permanente motivo de enfrentamiento.
Siguiendo fielmente las directrices de la Internacional Socialista y sus propias convicciones personales, Pablo Iglesias denunció sistemáticamente la doble explotación que sufrían las mujeres, por una parte en su casa y en su familia y por otra en el campo laboral, donde tanto las condiciones de trabajo como su retribución distaban mucho de equipararse a las del varón.
Desde la elaboración de los primeros programas del partido socialista, en los que intervino Iglesias muy directamente, la igualdad de "los individuos de uno y otro sexo", en todos los órdenes, fue un objetivo que se persiguió sin desmayo.
La tradición, la religión y la ley se oponían al unísono al cambio revolucionario que se promovió desde las filas socialistas.
D esde antes de que alumbrara el siglo XX, aquel pequeño partido incorporó en sus organizaciones, en pie de igualdad, a la mujer.
En el Congreso celebrado el año 1888 se propugnaba "la enseñanza general científica y especial de cada profesión a los individuos de uno u otro sexo". Asimismo, se incluía la jornada laboral de ocho horas, cuando lo normal eran doce y catorce, la prohibición del trabajo a los menores de catorce años y la exigencia del descanso "un día por semana". Se incluía ya la prohibición del trabajo de la mujer en condiciones insalubres o que menoscabaran su dignidad personal y, finalmente, ¡se reclamaba el salario igual para los trabajadores de ambos sexos! En 1888.
En fecha tan temprana como 1912, incorporó a sus programas la reivindicación del divorcio, conseguido con "sólo el deseo de una de las partes". Reclamó de las autoridades, en paralelo siempre con la UGT, la "asistencia médica y (el) servicio farmacéutico gratuitos, así como la creación de casas de maternidad", que hoy llamamos guarderías, "para los hijos de las obreras durante las horas de trabajo".
Y todo ello, como es obvio, junto a la reclamación de las mismas mejoras que pudieran alcanzarse para el varón.
Como puede verse por lo expuesto, y teniendo en cuenta que tan sólo nos hemos referido a dos facetas concretas, la labor de Iglesias y de los socialistas y sindicalistas que sumaron conjuntamente sus esfuerzos, constituyó un impulso modernizador difícil de igualar.
La Institución Libre de Enseñanza, bien que con un carácter eminentemente pedagógico, y en un campo de acción más limitado, había emprendido una tarea que muchos vieron de signo parecido y complementaria de la de los socialistas.
En ambos casos, la necesidad urgente de sacar al país y a sus habitantes del atraso y la incultura en que se hallaban eran coincidentes. De ahí que José Ortega y Gasset, pocos días después de que el dirigente socialista alcanzara por primera vez el escaño parlamentario (El Imparcial, 13-V-1910) publicara un artículo en que decía: "Si hoy consideramos como aspiración profunda de la democracia hacer laica la virtud, tenemos que orientarnos buscando con la mirada, en las multitudes, los rostros egregios de los santos laicos. Pablo Iglesias es uno; don Francisco Giner es otro: ambos, los europeos máximos de España".
Texto tomado del catalogo de la Exposición sobre Pablo Iglesias organizada por la Fundación Pablo Iglesias, PSOE y UGT. Noviembre, 2000.
Enrique Moral Sandoval


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